Lo personal es político (A 100 años del movimiento sufragista)

Lo personal es político (A 100 años del movimiento sufragista)

 

«La burguesía conservadora sigue viendo en la emancipación de la mujer un peligro que amenaza su moral y sus intereses.»
Simone de Beauvoir

En 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano -una de las expresiones más logradas de la Ilustración- dejó en evidencia para las mujeres que los conceptos “Hombre” y “Ciudadano” no las vinculaba. A partir de allí, el camino por la construcción del concepto “Mujer” y “Ciudadana” cobra razón de ser: las mujeres se empiezan a juntar para defender el derecho al sufragio femenino, el acceso a la educación y la igualdad de salarios; a medida que avanza la lucha reconocen que no basta con exigir estos derechos, y que el movimiento sufragista tiene que tornarse en un movimiento intelectual, social y político por la igualdad y la libertad humana, que hoy conocemos como feminismo.
Si bien el acontecimiento que para esta conversación nos convoca corresponde a los cien años del sufragio inglés, será sólo el punto de partida, la pregunta con la que iremos a la historia para problematizarla desde una mirada feminista y marxista. No nos interesa el voto como resultado sino el voto como objeto de lucha de las mujeres articulado a un conjunto más amplio de exigencia de derechos contra los sistemas de dominación patriarcal y capitalista.
Les esperamos este miércoles 18 de julio, a las 6:30 p.m., en el auditorio Torre de la memoria, de la Biblioteca Pública Piloto.

Xiomara Meneses Cano
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta

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El amor como potencia transformadora de nuestro ser (Thomas Mann leído por Zuleta)

El amor como potencia
transformadora de nuestro ser
(Thomas Mann leído por
Zuleta)

Se trata nada menos que de mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos te vieron o más bien, que reconocí cuando te reconocí a ti. ¡Qué locura!
¡Oh, pero el amor no es nada si no es locura!
Hans Castorp en 
La montaña mágica.

Dejando de lado en esta oportunidad las ricas y diversas facetas del hombre Thomas Mann, soslayando obras cruciales que nos legó y no atendiendo a muchos de los importantes temas que cruzan La montaña mágica, esta conferencia tiene su foco bien delimitado: hablaré del novelista, desde La montaña mágica, dando cuenta del asunto del amor tal como esta gran obra lo problematiza, contando de forma decisiva con la brillante interpretación de Estanislao Zuleta, sin desmedro de algún aporte personal allí donde sea necesario y posible.
Restringir así el dominio de esta exposición nos permitirá centrarnos en la certera problematización y en la penetrante indagación que Thomas Mann ofrece sobre el sentimiento amoroso en esta inolvidable novela.
¿Qué se puede decir del amor sin caer en idealizaciones ingenuas y románticas? ¿A qué llamar amor sin desgastar la palabra en cualquier forma de ternura y cariño? ¿El amor como repetición y creación, como afirmación y formación, como iniciación y fundación? ¿Es sensato pedirle a la pasión amorosa que se inscriba en el tiempo y forje una historia? ¿Puede el amor configurarse, paradójicamente, como una potencia impotente? ¿El amor, amenaza y promesa? ¿Para qué el amor? ¿El amor se hace o se consume? ¿Qué relaciones hay entre el amor y la sexualidad? ¿Es concebible un amor sin palabras? En fin, éstas y otras preguntas hacen parte de la cautivante exploración que Thomas Mann lleva adelante a partir de la relación entre la escurridiza Clawdia Chauchat y el incierto Hans Castorp.
Mi invitación, pues, para este martes 3 de julio en la Biblioteca Pública Piloto a las 6:30 p.m., es a reunirnos en torno a Clawdia y Hans para preguntarles tantas cosas que quisiéramos saber del amor.

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¿Y dónde están los intelectuales hoy? (A 50 años de mayo del 68)

¿Y dónde están los
intelectuales hoy?
(A 50 años de mayo del 68)

La figura del intelectual parece no tener ningún efecto en nuestro tiempo. Atrás parece haber quedado la presencia de aquellas voces críticas que respondían frente a las situaciones de violencia y de injusticia y que, sin pensarlo dos veces, enlazaban el dominio de las ideas al de la política, la moral, lo social y lo económico. En las jornadas francesas de Mayo del 68, asunto que nos servirá como punto de partida para reflexionar, la intelectualidad francesa en cabeza de Simone de Beauvoir, Michel Foucault y Jean-Paul Sartre, entre otros, salía a las calles convencida de la lucha estudiantil y dispuesta para jugársela por la posibilidad de un cambio estructural de la sociedad francesa de aquel entonces. Aquella situación marca la importancia del trabajo intelectual que toma partido y no se acomoda a contemplar el mundo capitalista. Sin lucha social, sin preocupaciones verdaderamente humanas, un intelectual no existe; aquellos que ahora llamamos intelectuales en nuestro país no pasan de la pobre posición de sus artículos de opinión imparcial o de su esfera de reconocimiento individual: ¿Será que estamos lejos de la formación de una intelectualidad crítica en Colombia?

Cuestionar las formas que adquiere la figura del trabajo intelectual en nuestros días y reivindicar el valor del compromiso humano de las ideas será pues uno de los asuntos centrales de nuestra conversación pública del próximo miércoles en el auditorio Torre de la memoria de la Biblioteca Pública Piloto, la cual ofrecemos con entusiasmo y a la cual esperamos que puedan asistir para crear un marco de discusión que nos ayude a seguir pensando estos asuntos.

Leandro Sánchez
Juan David Gómez
Miembros del Centro de Estudios Estanislao Zuleta

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La aventura de la mujer moderna en pos de su propia existencia (Flaubert leído por Zuleta)

La aventura de la mujer
moderna en pos de su propia
existencia
(Flaubert leído por Zuleta)

Lo más grave de nuestra vida es que no sepamos qué sentido tiene, para dónde va y en qué creemos. Que no tengamos una pasión por la cual luchar.

Estanislao Zuleta

Hay unas palabras de Mario Vargas Llosa que muchos suscribimos plenamente. Dice el escritor peruano que cuando terminó de leer por primera vez Madame Bovary supo “que desde entonces y hasta la muerte viviría enamorado de Emma Bovary”. Cierto, Emma es entrañable y después de conocerla no es posible olvidarla. Pero esta conferencia no indagará en el poder seductor del que ella está revestida porque esta vez lo que quiero es juntarla con otras tres inolvidables mujeres del siglo XIX, otras tres de su misma estirpe y de su misma capacidad para hacerse amar y ser inolvidables: Anna Karenina, Anna Serguevna (La dama del perrito) y Madame Renal (Rojo y Negro); quiero reunirlas, repito, no para ahondar en su respectiva fascinación personal, sino para que nos ayuden a entender los complejos y contradictorios procesos históricos, políticos y culturales que, de un lado, hacen emerger a las mujeres del siglo XIX a la palestra de su propio destino pero, de otro lado, nos muestran con ellas y según sus propias existencias cómo y al mismo tiempo la sociedad recaptura el ímpetu emancipador de las mujeres a través de tres dispositivos de sumisión que serán tanto más eficaces cuanto que operarán como ideales superiores de las mismas mujeres, en concreto: el amor como pasión romántica, el matrimonio como expresión de propiedad sobre sus personas y la familia como realización del sentido de su vida.
Lo que me propongo es mostrar, contando con estas cuatro maravillosas mujeres, con sus luchas, ilusiones y derrotas, que no puede plantearse un propósito emancipatorio para la mujer -y para el hombre- si no se adelanta una radical crítica al amor en tanto ideal romántico y a las instituciones matrimonial y familiar.
Debo agregar que con esta conferencia estará lanzándose el #4 de los Cuadernos del Centro de Estudios Estanislao Zuleta para la Reflexión y la Crítica, que junto a los ensayos “Observaciones críticas sobre la función estética y social de la poesía”, de Eduardo Gómez; “Marxismo y feminismo. Una relación con potencial emancipatorio”, de Leandro Sánchez; “Historia del comercio del opio” de Karl Marx; y uno de mi autoría que ahonda en el tema de la conferencia bajo el título “La mujer moderna en el laberinto del amor, el matrimonio y la familia”. No está de más decir que Cuadernos #4 es un libro cuyo precio ($5.000) tiene un sentido social y político: que esté al alcance de todo aquél que quiera tenerlo, cometido para el cual contamos con el generoso apoyo para su edición por parte de la Cooperativa Confiar.

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¿Ser joven y no ser revolucionario sigue siendo una contradicción en los términos? (A 50 años de mayo del 68)

¿Ser joven y no ser revolucionario sigue siendo una contradicción en los términos? (A 50 años de mayo del 68)

La historia del marxismo es lo suficientemente amplia para que ni siquiera toda una vida de estudio pueda agotar su riqueza. El Mayo francés de 1968 es uno de los momentos más particulares de esta historia, junto a la Revolución bolchevique y la Revolución cubana, por ejemplo, traza una línea que impone nuevos retos y que altera una única melodía, al aparecer como una pieza disonante en el mundo de la Guerra Fría y del Socialismo Real. Los meses de mayo y junio de 1968 son testigos de una de las posibilidades revolucionarias más importantes del siglo XX. En medio del ocaso de las sociedades del bienestar europeas construidas después de la Segunda Guerra Mundial, algo que palpitaba en el centro de Europa mostró su rostro al mundo entero. Lo que en principio se dio sólo como una seguidilla de protestas estudiantiles se vio fortalecido por la adhesión de los trabajadores y la intelectualidad francesa. Este espíritu y sus relaciones con nuestra actualidad es el que queremos ofrecerles en la conversación pública del próximo miércoles a las 6:30 pm., en la Biblioteca Pública Piloto. Esperamos como siempre que nos puedan acompañar para establecer un diálogo provechoso entre todos.

Leandro Sánchez Marín
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta

 

Prólogo – Tercer Cuaderno del CEEZ para la reflexión y la crítica

Publicamos el tercer número de los Cuadernos del Centro de Estudios Estanislao Zuleta para la Reflexión y la Crítica en medio de la efervescencia de la coyuntura electoral para el 2018. En un momento como éste, pese a que hay quienes pregonan satisfechos las bondades de nuestra democracia, se hace más que evidente la precariedad de ella, no sólo porque se pasea ante nuestros ojos el sombrío repertorio de artimañas, al que apelan los nefastos políticos que controlan y han controlado por tradición el aparato estatal; ni por coincidir estos días con el momento en que la derecha más mezquina, en empecinada continuidad con las actitudes que han alimentado la guerra en nuestro país, pone palos en la rueda a la implementación de los acuerdos de paz, entre cuyos propósitos está precisamente la apertura democrática; ni porque se mantenga sobre los líderes sociales el asedio de la muerte; ni porque el maridaje viciado entre políticos y empresarios tenga al país apestado en la podredumbre de la corrupción; ni porque los medios de comunicación funcionen en no pocas ocasiones como portavoces y apologistas de los grandes poderes; todo eso es cierto y suficiente para poner cuando menos en duda las representaciones más idílicas de nuestra propia situación, pero el hecho que más definitivamente marca la dificultad para conquistar una democracia que vaya más allá de lo formal, y que en parte explica que todo lo antedicho ocurra sin mayor conmoción, es que en Colombia el único protagonista posible de la democracia, que es un pueblo cualificado y dispuesto para ella, está aún por forjarse.

Y la precariedad de la democracia expresada en la ausencia del sujeto colectivo llamado a materializarla se hace más evidente en estos tiempos, no porque en la supuesta fiesta de la democracia, que para algunos se celebrará en las jornadas electorales, se defina cuán profunda o sólida es la democracia misma —cosa que no es cierta—, sino porque la atención que se presta a este acontecimiento hace que sean más visibles las falencias siempre presentes, pero que en otros momentos están en sombras.

Asistiremos entonces al desfile de las medias verdades, las abiertas mentiras o las patrañas y montajes  más extravagantes (como ocurrió con la campaña que dio triunfo al NO en el plebiscito del 2016) con los que los candidatos de las tradiciones más perversas de la política nacional, asesorados por expertos mercachifles de la demagogia, buscarán aventajar a sus contradictores decentes con la confianza de encontrar buena recepción en el pueblo incauto y dócil, y muy posiblemente la encontrarán, contando incluso con adherentes fanáticos.

Asimismo habrá quienes ganados por la apatía, procederán como si nada importante estuviera en juego ese día y dejarán pasarlo como si de una fecha cualquiera se tratase, dedicándose mejor a los asuntos de su incumbencia personal antes que comprometer una migaja de su tiempo en el minúsculo pero significativo acto de votar. Lo más grave es que su apatía de la jornada electoral es la apatía de todos los días del año.

Veremos a quienes con fervor se den a la tarea de elegir su mejor candidato, animados por una sincera esperanza en la idoneidad de éste y convencidos de la relevancia de su sufragio para incidir en los destinos de la sociedad, pero su optimismo electoral pasará hacia la inactividad terminados los comicios, por lo cual toda su buena voluntad quedará disuelta en una delegación que las más de las veces no se aviene con las expectativas depositadas en ella.

Estarán también quienes apercibidos en mayor o menor medida de las pestes que nos asolan y críticos frente ellas, han abdicado de la posibilidad de confrontarlas y de luchar por una sociedad que no quede a merced de las mismas. Entonces, sin importar si voten o no, observarán desde el hastío inmóvil cómo las cosas oscilan de lo malo a lo peor. Éste es un escepticismo estéril porque no hace de la inconformidad un acicate para la acción creadora en aras del cambio, sino que traduciéndola a la quietud, la hace inofensiva al estado actual de las cosas que la generan.

Y finalmente están quienes venderán su voto, que ya sea por penuria espiritual o material, en general son proclives a la venalidad, a vender su conciencia y serán presa fácil de las maquinarias de ciertos políticos que, pese a ser los peores, lograrán su elección comprándola con dineros de oscura procedencia. Por supuesto, la situación de quienes viviendo con relativa holgura ceden ante la malsana oferta es diferente a la de aquellos otros que no pueden pensar ni en la democracia, ni en el bien común, ni en una mejor sociedad porque su prioridad está en llenar el estómago, en resolver la incertidumbre y la angustia de su sobrevivencia en los días por venir; y la situación de ellos es de nuevo un mentís a quienes —en un país como el nuestro, que por sus altos niveles de pobreza y desigualdad siempre ocupa puestos de deshonra en las clasificaciones internacionales al respecto— se envanecen de su tradición democrática, ya que sin un mínimo de bienestar, la libertad, la voluntad y el juicio para decidir y participar con relativa independencia quedan en vilo y a merced de las asimetrías propias de una sociedad como la nuestra.

La democracia, más allá de ciertas leyes, instituciones y procedimientos, es solamente un nombre seductor cuando el pueblo no está implicado en la determinación efectiva de su propio rumbo y se mantiene sumido inercialmente a los poderes que a nombre de representarlo, lo manipulan y esquilman a voluntad, mientras le administran dulces placebos como solución a sus padecimientos colectivos. La construcción de la democracia exige la participación del pueblo en favor de los intereses colectivos, una participación que no sea la de una masa borreguil e incauta, aunque esté guiada por líderes iluminados y benévolos —sabemos que la mayoría de la veces no es así—, sino una intervención consciente propiciada por el entendimiento de la realidad que vivimos, de nuestro lugar actuante como conocedores de los problemas que nos afectan y degradan la existencia de todos al disminuir sus posibilidades de realización, para lo cual se requiere que sepamos identificar las causas de esos problemas y proyectar las conquistas a llevar a cabo en los distintos niveles que nos involucran como conjunto o allí donde la opresión, la exclusión o la miseria mortifican a los vulnerables de cualquier sector social pese a que no sea alguno de nosotros el directamente afectado.

Para la construcción de la democracia se necesita que cada quien adquiera una voz propia dispuesta para el diálogo, la argumentación y la controversia; se necesita escuchar todas las voces silenciadas; se necesita aprender a unir fuerzas con los otros reconociendo hasta dónde van nuestras capacidades y cómo se pueden fortalecer; se necesita también la capacidad de reconocer quiénes son los adversarios, aquellos que se oponen al bien común en virtud de su beneficio exclusivo instrumentalizando a las personas, degradándolas o engañándolas; se necesita reconocer cuáles son los factores de sostenimiento y reproducción de los poderes que nos oprimen, explotan, someten y manipulan para oponerles las fuerzas que luchan por un mejor horizonte.

La idea de que el pueblo pueda autodeterminarse no quiere decir que no se darán contradicciones, la democracia no es un idilio o un mundo plácido de consensos y armonías, que supondría la homogeneidad, el unanimismo o la supresión de la diferencia, puesto que el conflicto es consustancial al vínculo social y no es en la democracia donde desaparece, sino en las sociedades totalitarias o adormecidas donde se logra la estabilidad mediante la fuerza o el adoctrinamiento.

Pero ¿cómo es posible entonces transformar una situación en la que el pueblo está ganado por la ingenuidad y la docilidad, por la apatía, el entusiasmo inactivo, el escepticismo estéril, la venalidad o cualquier otra actitud que redunde en la adaptación y en la parálisis necesarias para que la realidad en la que vivimos permanezca inalterada?

Viviendo en un medio en el que la violencia, la desigualdad, la corrupción, la antidemocracia, la precariedad hacen parte empecinada de nuestra realidad, sin que su resolución sea algo que se avizore, es estimable que haya quienes no han arriado su bandera de esperanza y se sostengan en las luchas por conquistar un modelo de sociedad donde la dignidad de todos los seres humanos no sea una consigna eternamente traicionada; ante una realidad que golpea tan concretamente nuestras vidas, no cabe duda del mérito e imprescindibilidad de las batallas sociales, políticas, económicas y de otro tipo que aspiran a la conquista de mejores condiciones materiales, pero la lucha por mejores condiciones materiales para todos es insuficiente y pobre si excluye de sus propósitos la lucha por mejores condiciones para potenciar el pensamiento, la cultura y la vida en todas sus dimensiones, y todavía más insuficiente y pobre si la potencia del pensamiento, el conocimiento y la cultura está excluida de los medios que han de emplearse en aras de la consecución de otro modelo de sociedad, pues ahí está precisamente la posibilidad de que las multitudes que hoy son sujetadas a voluntad de minorías puedan asumir un lugar de autodeterminación. A propósito de esto último, Estanislao Zuleta decía las siguientes palabras:

La democracia crece cuando crece la cultura y la capacidad de decidir es mayor y más eficaz. La capacidad de participar, de inventar, de producir organizaciones, de intervenir sobre la historia o sobre la economía crece a medida que crece la cultura[1].

Dicho de otra forma: los sentidos y experiencias múltiples a los que se abre el ser humano en la producción y en el acceso a los distintos bienes espirituales y materiales con los que enaltece su existencia, tienen un efecto favorable para la vida democrática y aunque la creación y el acceso generalizado a la cultura y al conocimiento no hacen per se a la democracia, ésta sí es imposible en medio de la ignorancia. El conocimiento se puede amasar para alimentar la vanidad, la fanfarronería, para aumentar el estatus y la distinción social, para ensanchar la hoja de vida; y nada de eso hará que colectivamente vivamos mejor, pero también se puede cultivar para favorecer una mayor sensibilidad, una mayor reflexión, una mayor apertura a la diferencia, una mayor suspicacia y un mayor criterio; con todo lo cual se estará cultivando al mismo tiempo la democracia.

Y no podemos esperar a que la consecución de ese objetivo fundamental en procura de un cambio en nuestra realidad venga de la mano de los agentes e instituciones con más capacidad para lograrlo y me refiero específicamente a los grandes medios de comunicación, a la escuela y a la universidad —que es a la que más se le rinde devoción—, pues si en ellos, tal como ahora operan, se deposita tal aspiración, lo que podemos esperar es lo que hasta ahora hemos obtenido: la indolencia, la ignorancia generalizada frente a los problemas fundamentales, la manipulación o la adaptación de las mayorías frente al orden social que padecemos.

No se trata de desdeñar la universidad como escenario para las luchas sociales por la democracia en sentido amplio, pero de mantenerse su tendencia a generar el ensimismamiento y la retirada de la inteligencia, del pensamiento y de la cultura de los ámbitos de acción extrauniversitarios (o sea los distintos espacios de la vida social donde está en juego la cualificación y participación del pueblo) tal como ahora ocurre con el predominio del academicismo, estamos condenados, por más que haya una pléyade de sapientes en las universidades, a que el dominio de nuestra conciencia como pueblo esté ganado por las fuerzas del inmovilismo cuyos privilegios se mantienen más estables si se asientan sobre la ruina espiritual y cultural de los que nunca han tenido acceso a una formación que medianamente interrogue la realidad que vivimos.

Considerando entonces la necesidad de una lucha cultural como parte de la lucha por la democratización, y los límites de los espacios institucionales para la circulación y creación de un pensamiento emancipador en aras de la conformación de un pueblo que pueda ser agente de transformaciones, hay que insistir en la necesidad de los escenarios y procesos de formación independientes pensados para favorecer la reflexión crítica sin las restricciones elitizantes propias de la academia.

Entre todos los espacios de ese tipo que pueden y deben existir, el Centro de Estudios Estanislao Zuleta con las modestas acciones que lleva a cabo —incluidos estos cuadernos— propugna la potencia que aguarda en el conocimiento vivo, dispuesto al entendimiento de nuestras realidades personales y sociales; pero este entendimiento que se apoya en el estudio y la difusión del marxismo, el psicoanálisis, la filosofía, la literatura y los saberes humanos y sociales, cobra su pleno sentido sólo al integrarse a las búsquedas por una sociedad más democrática en lo social, en lo político, en lo económico y en lo cultural.

Los textos que publicamos en este tercer número de los Cuadernos del CEEZ para la Reflexión y la Crítica tienen que ver con la filosofía, la historia y la literatura, y más allá de sus diferencias, están guiados por la convicción común de que la búsqueda de una mejor existencia, tiene como condición la reflexión implacable sobre lo que somos y la proyección de lo que queremos ser como individuos y como sociedad.

En primer lugar, el texto Una mirada a las mujeres de Don Quijote de La Mancha de Vincent Restrepo hace un análisis de algunos personajes femeninos de la novela de Cervantes que merecen atención porque son las que, corriendo el riesgo de la censura, la incomprensión, el descrédito o el fracaso, asumieron la dificultad de tomar la vida en sus manos afirmando su soberanía en confrontación con los mecanismos de sujeción que restringían sus posibilidades de ser, y a partir de este elemento común en los personajes que explora, el autor hace una reflexión sobre la condición de las mujeres en su relación con los hombres y en las distintas facetas de su existencia, como el deseo, el amor, la sexualidad, la moral que las rige, las imposiciones sociales que pesan sobre ellas, su autonomía y su libertad.

Por su parte Santiago Alarcón nos propone, con su texto A cien años de la osadía bolchevique, pasar revista a la articulación novedosa entre teoría y acción que efectuaron los revolucionarios rusos y sin la cual no les hubiera sido posible tomar la historia por asalto. Según el esquematismo y la ortodoxia reinantes para entonces, un país como Rusia, donde el capitalismo no había barrido la polvorienta sociedad feudal y en consecuencia el campesinado y no el proletariado era el elemento social predominante, estaba inmaduro para la revolución socialista. Entonces la osadía bolchevique no sólo consistió en la audacia política que condujo a la victoria, sino también en su desacato a esa dogmática abstracta que se apoyaba más en fórmulas inamovibles que en las condiciones sociales y políticas reales por las que pasaba el pueblo ruso; esto no supuso una deriva empirista por la cual se abandonaría el marxismo, sino que se trató de una “transgresión creadora” que al tiempo que vivificaba esta teoría, la puso al servicio de su objetivo fundamental: la emancipación social.

Finalmente, Carlos Mario González en su artículo Pensar la muerte se aplica a una reflexión sobre ese asunto tan presente, como habitualmente desatendido, que es el final inapelable de la existencia personal, no para preguntarse por lo que viene cuando de la existencia de cada quien en el mundo sólo quede su cadáver, algún recuerdo en la memoria de aquellos a quienes logró impactar y que le sobreviven, y acaso alguna obra más o menos perdurable, sino para que ante esa nada insondable que tendremos como destino final, tomemos en serio el ejercicio de pensar la vida en aras de hacer con ella lo mejor posible, lo más potente, lo más significativo que esté a nuestro alcance (sin desconocer que el capitalismo reduce abismalmente las posibilidades para unos mientras confiere privilegios a otros); es decir, de forjarnos un destino que no desmerezca del prodigio de existir del cual gozamos. Desatender esa responsabilidad con la propia vida sería abdicar de nuestra libertad y, en últimas, dilapidar irrecuperablemente la vida misma.

¿Se puede vivir bien pensando mal?, se pregunta Carlos Mario González en su texto, es decir, ¿se puede vivir irreflexivamente sin que se menoscabe gravemente la existencia? No. En consecuencia, si vivir mejor personal y colectivamente es la finalidad de la participación democrática, y si la literatura es una posibilidad para sentir en nosotros el intenso tacto de las verdades más profundas, más íntimas de la condición humana; si la filosofía es un compromiso del pensamiento para desentrañar esas verdades; si la historia y la política permiten reconocer que el presente que tenemos no es un destino inexorable porque lo que hemos sido y lo que somos como sociedad no está terminado; y si el conocimiento de lo social y lo humano sirve para descubrir nuestro lugar en el mundo, para reconocer a los otros y para hacernos más autónomos y más críticos, entonces se podrá decir sin ninguna duda que todos estos saberes son sustancias nutricias para la democracia, siempre y cuando sean una posibilidad para las mayorías sociales, y no un privilegio del que sólo gozan unos cuantos.

[1] ZULETA, Estanislao. La democracia y la paz. Conferencia al M-19 en Santo Domingo, Cauca, mayo 1989. En: Colombia: Violencia, democracia y derechos humanos. Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2008, p. 22.

Mateo Cañas
Miembro de Centro de Estudios Estanislao Zuleta

Nuestra existencia: entre el principio de realidad y el principio de posibilidad (Cervantes leído por Zuleta)

Nuestra existencia: entre el principio de realidad y el principio de posibilidad (Cervantes leído por Zuleta)

El Quijote, la novela, es un texto mal armado, desordenado (sobre todo en la primera parte), descuidado, rellenado con historias que no vienen al caso y de empalagosa factura e insufrible tono moralizador, en fin, como dicen importantes estudiosos de la obra cervantina (Clemencín, Nabokov, Trapiello, entre otros), es un libro al que de sus mil páginas le sobran quinientas y le faltan quinientas. Y, sin embargo, emergiendo de estas páginas desiguales y, en ocasiones, francamente pesadas, emerge incólume, cabalgando por encima de los siglos, fascinante en su delirante épica, el entrañable Caballero de la Triste Figura. Para decirlo sumariamente, el Quijote, caballero sobre Rocinante, sobrevive a la desnivelada obra que salió de la pluma de Cervantes y que más bien amenazaba con ahogarlo entre tantos pasajes para el bostezo. El genio de Cervantes se sobrepuso a su desorden como escritor, el artista Cervantes le pudo al moralista y de su caletre de creador maravilloso nació la inmortal y enternecedora figura del impenitente enamorado de Dulcinea.
Mi conferencia no será un análisis de la novela El Quijote, menos será una indagación sobre la obra restante de Don Miguel, tampoco hará un seguimiento de la biografía de ese rebuscador no siempre loable que fue Cervantes, no, lo que trataré de articular en esa exposición son aspectos del Quijote caballero y del Cervantes aventurero que permitan recoger de ellos, con el apoyo de la reflexión de Estanislao Zuleta al respecto, elementos que nos faciliten abordar un problema crucial para nuestra época y para cada uno de nosotros: si somos lo que somos, ¿dónde queda en nuestro tiempo lo que podemos ser? En otras palabras, ¿pueden el Caballero de la Triste Figura y el Manco de Lepanto ayudarnos a pensar, hoy por hoy, la dialéctica realidad-posibilidad que atraviesa nuestro ser?
Lo anterior es lo que propongo para que nos encontremos este martes 8 de mayo a las 6:30 p.m., en el auditorio de la Piloto, para que sigamos tratando de pensar y transformar lo que somos personal y colectivamente.

Vea el vídeo de la conferencia haciendo clic aquí:

La democracia en Colombia: entre la represión y la negación del conflicto (A 70 años del Bogotazo)

La democracia en Colombia: entre la represión y la negación del conflicto (A 70 años del Bogotazo)

Colombia, a diferencia de otros países latinoamericanos, al tiempo que se ha podido jactar de haber contado con una democracia estable y duradera en los últimos cien años de su historia, ha querido negar, como quien barre el polvo y lo deposita debajo del tapete, la represión continua sobre la que ha erigido sus bases. En esta extraña mezcla de democracia y represión, represión que en algunos períodos ha llegado hasta el exterminio, Colombia se ha visto obligada a mostrar dos caras: dos caras de una misma moneda que se establecen de manera diferenciada en su propio territorio, pues muchos de los habitantes de sus ciudades no podrían dar testimonio de un conflicto interno y la mayoría de los habitantes de su campo no cuentan sino con esa certeza.
Gaitán, a quien queremos hacer homenaje en esta conversación, fue testigo de esas dos caras de Colombia, pues fue al interior de las mismas instituciones democráticas de la época desde donde denunció los abusos del gobierno sobre los sectores subalternos. Y en un intento por acabar con aquellas injusticias llevó el conflicto social a unas instancias que parecían revolucionarias, pues la movilización social que logró convocar en torno suyo, que pedía una reforma política y económica del todo nuevas, desbordaba los reducidos límites de la vieja democracia. Con su asesinato, el 9 de abril de 1948, el conflicto, la protesta, la inconformidad de los sectores subalternos que se sublevaron aquel día, no pudieron volver a ser encerrados en los viejos marcos del bipartidismo; por más que a través de una oleada represiva se intentara, las condiciones objetivas habían cambiado y el país ya no podría ser el mismo.
En esta conversación, a la que los invitamos cordialmente, estaremos de cara a los hechos que se desprendieron del asesinato de Gaitán: el inicio del conflicto armado en Colombia, una guerra interna que duraría más de 50 años y de la que aún existen secuelas; un aumento en el hermetismo y la marginación política; una contrarreforma agraria mediante la recomposición violenta del campo; un período que fue expresión y agudización de las problemáticas sociales, a las que el establecimiento no les ha hecho frente sino desde la miope visión que sólo deja vislumbrar como solución la represión o la negación del conflicto.

Santiago Piedrahita 
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta

Vea el video en vivo de la conversación haciendo clic aquí:

Gaitán, el hombre que fue un pueblo

“Yo no soy un hombre, soy un pueblo, y el pueblo es mayor que sus dirigentes”. Con estas palabras, dirigidas a una multitud reunida en plaza pública para escucharlo, hacía referencia Gaitán a su propia figura y a la concepción que tenía de su movimiento. Orador por excelencia, Gaitán enaltecía las esperanzas y emociones de un vasto sector que había recibido la espalda y la bota de sus dirigentes; ahora, por fin se sentía escuchado y reconocido en la voz de aquel que les hablaba con elocuencia y enardecidos ánimos. Y es que si bien las condiciones conflictivas existían, pues la problemática social era evidente y era sufrida por la mayoría de la población (el problema agrario aún estaba latente e irresuelto: campesinos sin tierra y colonos con amenaza de desahucio; obreros y sindicatos en la mira del gobierno: represión de huelgas y abandono del apoyo al movimiento sindical), aquellas no hubiesen tomado el tenor de una verdadera “revolución en marcha” si Jorge Eliecer Gaitán no hubiese actuado como catalizador y aglutinante de esa masa de ciudadanos inconformes, generando así un movimiento que desbordaba los estrechos marcos del bipartidismo. Heredero de los proyectos democráticos empezados, aplazados y defraudados por los gobiernos liberales que se dieron entre 1930 y 1946, este abogado de profesión hace eco político en un momento en que Colombia sufría las dolencias que le implicaba la formación histórica particular de sus cimientos: una reforma agraria nunca efectuada; una ausencia de expresiones políticas diversas, participantes y configuradoras de una democracia más profunda; en síntesis, un Estado inacabado, precario y débil en el que se trataba de instaurar una modernización económica en medio de un atraso cultural, social y político.
De su movimiento aseguraba que no era personalista, pero evidentemente lo fue, como quedó demostrado con su asesinato el 9 de abril de 1948, en donde la falta de dirección, la falta de un grupo que encausara y organizara toda la revuelta que estalló ese día fatal hizo que el movimiento popular, que había empezado a configurarse con la presencia política de Gaitán, se fragmentara y fuese derrotado. Sí, su movimiento era personalista pero no demagógico como lo tildaban sus adversarios, pues las palabras y argumentos con las que denunciaba las injusticias del gobierno, de la clase política, no eran demagogia, sino un llamado a la justicia, como él mismo decía. Y es que el mérito de Gaitán no estaba sólo en su capacidad de denuncia y de convocatoria, en su carisma y elocuencia, que también; sino principalmente en haber reunido en torno suyo y a una propuesta política, a una mayoría que llevaba dividida y en confrontación por casi un siglo, logrando oponerla a un enemigo común: la oligarquía, que funcionaba por medio de prebendas y clientelas; un poder externo que no representaba a sus simpatizantes, sino que los instrumentalizaba. La contradicción, pues, que lograba expresar era nueva: ya no era conservadores versus liberales; ahora era pueblo versus oligarquía ¿Era entonces Gaitán un populista? Efectivamente ¿Era posible que no lo fuera en medio del contexto histórico y político que le correspondió vivir? La creación de ese sujeto político de la democracia que se llama pueblo, exigía la inmensa tarea de avivar y empujar a la existencia política a esa gran masa compuesta por los sectores subalternos, limitados no sólo en sus condiciones materiales, sino restringidos en las espirituales; este vasto sector, por fuera aún del derecho a la cultura y a la educación, se encontraba desarticulado y excluido de la esfera de lo político, del ejercicio consciente de una participación ciudadana, quedándole como única opción, para ingresar a dicha esfera y desplegar tal participación, la identificación con un caudillo.
Gaitán era el hombre, había asumido la enorme y necesaria tarea política de constituir un pueblo, un sujeto político con conciencia de sus propios intereses de los que hiciera acción y defensa; y pagaría con su vida por ello. La tarea quedó trunca y lo que ocurrió tras el insuceso del 9 de abril, fue la agudización de las problemáticas sociales: una contrarreforma agraria, un aumento sistemático de la violencia, un mayor cerramiento político, una metódica y terrible anulación del oponente, una aguda represión del pensamiento diferente, la criminalización de la protesta, una expansión desmedida del miedo. Con el asesinato de Gaitán, como si fuese un aciago preludio, vendrían después los Pardo Leal, los Galanes, los Jaramillo Ossa, los Pizarros; el segamiento de las vidas de múltiples dirigentes sociales y políticos que han buscado la salida a los problemas más estructurales, enunciados una y otra vez, pero que siempre deben repetirse hasta hacerse oír: el del acceso a la tierra, la ampliación política, la debilidad del Estado, la violencia, la ampliación y conquista de mejores condiciones materiales y espirituales, de una vida digna para todos.
Por todo lo dicho, se nos presenta desproporcionada esa pequeña losa con su nombre y algunas palabras alusivas a su figura, que se encuentra en Bogotá en el cruce de la avenida Jiménez con Séptima, lugar donde cayó muerto hace 70 años este líder popular. En definitiva no le hacen justicia a su memoria. Escribimos este texto aún sabiendo que muchos lo han olvidado y pasan de largo por aquel lugar, que muchos no saben siquiera que tal acontecimiento ocurrió y todo lo que tiene por decirnos de nosotros mismos, lo escribimos, precisamente, porque esperamos aportar a la recordación de un hombre que, como decía de sí mismo, era un pueblo: la síntesis de un país que ha estado entre la esperanza de un cambio y el fracaso al intentarlo. El país donde la horrible noche parece no haber cesado y donde, sin embargo, han existido personas como Gaitán que merecen escribir su nombre en las páginas de la historia; un país donde siguen existiendo ingentes esfuerzos de líderes y organizaciones sociales en pro de la formación de ese sujeto político. Por este esfuerzo y por la necesidad de aunar al mismo las enseñanzas de la historia, Gaitán y su memoria ha de ser el llamado, como diría Estanislao Zuleta, a hacer de la democracia “la cátedra IN VIVO de la política, la necesidad de aprender a luchar continuamente por [nuestros] intereses y a averiguar cuáles son”.

Santiago Piedrahita
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta

Aprender a morir nos permite ser otros (Chéjov leído por Zuleta)

Aprender a morir nos permite ser otros (Chéjov leído por Zuleta)

“Miraos bien y fijaos en la vida inútil y triste que lleváis. Lo más importante es que la gente se dé cuenta de esto. Y cuando lo entiendan seguro que construirán otra vida, una vida mejor”.
Antón Chéjov

La obra de este inmenso cuentista que fue Chéjov es una investigación sobre nuestra vida más desconocida: la que hacemos día a día, la que desplegamos en nuestra cotidianidad. Sí, por nada nos interrogamos menos, nada mantenemos más alejado de nuestra capacidad de pensar que la vida común y corriente que realizamos. No nos pensamos: ¿Por qué somos como somos; por qué no somos de otra forma, de una forma más lograda y mejor; por qué evadimos poner nuestra vida a la altura de sus propias posibilidades? En consonancia con lo anterior, en la conferencia “Aprender a morir nos permite ser otros” trataré de abordar dos preguntas relacionadas entre sí y presentes en la obra de Chéjov: ¿Bajo qué condiciones le es posible al ser humano cambiar? ¿Qué resistencias íntimas encuentra; qué impedimentos se pone a sí mismo para evitar ser otro?
La reflexión que propondré en el auditorio de nuestra querida Biblioteca Piloto se apoyará en la mirada que Estanislao Zuleta tuvo sobre Chéjov, tratando, a partir de ésta, de desarrollar y aportar algo de mi propia cosecha. Ojalá se animen y podamos encontrarnos en nuestra cita mensual con ese oxígeno para la vida que nos traen los grandes pensadores.

Vea el vídeo de la conferencia haciendo clic aquí:

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