Variados

Asuntos varios

Prólogo – Tercer Cuaderno del CEEZ para la reflexión y la crítica

Publicamos el tercer número de los Cuadernos del Centro de Estudios Estanislao Zuleta para la Reflexión y la Crítica en medio de la efervescencia de la coyuntura electoral para el 2018. En un momento como éste, pese a que hay quienes pregonan satisfechos las bondades de nuestra democracia, se hace más que evidente la precariedad de ella, no sólo porque se pasea ante nuestros ojos el sombrío repertorio de artimañas, al que apelan los nefastos políticos que controlan y han controlado por tradición el aparato estatal; ni por coincidir estos días con el momento en que la derecha más mezquina, en empecinada continuidad con las actitudes que han alimentado la guerra en nuestro país, pone palos en la rueda a la implementación de los acuerdos de paz, entre cuyos propósitos está precisamente la apertura democrática; ni porque se mantenga sobre los líderes sociales el asedio de la muerte; ni porque el maridaje viciado entre políticos y empresarios tenga al país apestado en la podredumbre de la corrupción; ni porque los medios de comunicación funcionen en no pocas ocasiones como portavoces y apologistas de los grandes poderes; todo eso es cierto y suficiente para poner cuando menos en duda las representaciones más idílicas de nuestra propia situación, pero el hecho que más definitivamente marca la dificultad para conquistar una democracia que vaya más allá de lo formal, y que en parte explica que todo lo antedicho ocurra sin mayor conmoción, es que en Colombia el único protagonista posible de la democracia, que es un pueblo cualificado y dispuesto para ella, está aún por forjarse.

Y la precariedad de la democracia expresada en la ausencia del sujeto colectivo llamado a materializarla se hace más evidente en estos tiempos, no porque en la supuesta fiesta de la democracia, que para algunos se celebrará en las jornadas electorales, se defina cuán profunda o sólida es la democracia misma —cosa que no es cierta—, sino porque la atención que se presta a este acontecimiento hace que sean más visibles las falencias siempre presentes, pero que en otros momentos están en sombras.

Asistiremos entonces al desfile de las medias verdades, las abiertas mentiras o las patrañas y montajes  más extravagantes (como ocurrió con la campaña que dio triunfo al NO en el plebiscito del 2016) con los que los candidatos de las tradiciones más perversas de la política nacional, asesorados por expertos mercachifles de la demagogia, buscarán aventajar a sus contradictores decentes con la confianza de encontrar buena recepción en el pueblo incauto y dócil, y muy posiblemente la encontrarán, contando incluso con adherentes fanáticos.

Asimismo habrá quienes ganados por la apatía, procederán como si nada importante estuviera en juego ese día y dejarán pasarlo como si de una fecha cualquiera se tratase, dedicándose mejor a los asuntos de su incumbencia personal antes que comprometer una migaja de su tiempo en el minúsculo pero significativo acto de votar. Lo más grave es que su apatía de la jornada electoral es la apatía de todos los días del año.

Veremos a quienes con fervor se den a la tarea de elegir su mejor candidato, animados por una sincera esperanza en la idoneidad de éste y convencidos de la relevancia de su sufragio para incidir en los destinos de la sociedad, pero su optimismo electoral pasará hacia la inactividad terminados los comicios, por lo cual toda su buena voluntad quedará disuelta en una delegación que las más de las veces no se aviene con las expectativas depositadas en ella.

Estarán también quienes apercibidos en mayor o menor medida de las pestes que nos asolan y críticos frente ellas, han abdicado de la posibilidad de confrontarlas y de luchar por una sociedad que no quede a merced de las mismas. Entonces, sin importar si voten o no, observarán desde el hastío inmóvil cómo las cosas oscilan de lo malo a lo peor. Éste es un escepticismo estéril porque no hace de la inconformidad un acicate para la acción creadora en aras del cambio, sino que traduciéndola a la quietud, la hace inofensiva al estado actual de las cosas que la generan.

Y finalmente están quienes venderán su voto, que ya sea por penuria espiritual o material, en general son proclives a la venalidad, a vender su conciencia y serán presa fácil de las maquinarias de ciertos políticos que, pese a ser los peores, lograrán su elección comprándola con dineros de oscura procedencia. Por supuesto, la situación de quienes viviendo con relativa holgura ceden ante la malsana oferta es diferente a la de aquellos otros que no pueden pensar ni en la democracia, ni en el bien común, ni en una mejor sociedad porque su prioridad está en llenar el estómago, en resolver la incertidumbre y la angustia de su sobrevivencia en los días por venir; y la situación de ellos es de nuevo un mentís a quienes —en un país como el nuestro, que por sus altos niveles de pobreza y desigualdad siempre ocupa puestos de deshonra en las clasificaciones internacionales al respecto— se envanecen de su tradición democrática, ya que sin un mínimo de bienestar, la libertad, la voluntad y el juicio para decidir y participar con relativa independencia quedan en vilo y a merced de las asimetrías propias de una sociedad como la nuestra.

La democracia, más allá de ciertas leyes, instituciones y procedimientos, es solamente un nombre seductor cuando el pueblo no está implicado en la determinación efectiva de su propio rumbo y se mantiene sumido inercialmente a los poderes que a nombre de representarlo, lo manipulan y esquilman a voluntad, mientras le administran dulces placebos como solución a sus padecimientos colectivos. La construcción de la democracia exige la participación del pueblo en favor de los intereses colectivos, una participación que no sea la de una masa borreguil e incauta, aunque esté guiada por líderes iluminados y benévolos —sabemos que la mayoría de la veces no es así—, sino una intervención consciente propiciada por el entendimiento de la realidad que vivimos, de nuestro lugar actuante como conocedores de los problemas que nos afectan y degradan la existencia de todos al disminuir sus posibilidades de realización, para lo cual se requiere que sepamos identificar las causas de esos problemas y proyectar las conquistas a llevar a cabo en los distintos niveles que nos involucran como conjunto o allí donde la opresión, la exclusión o la miseria mortifican a los vulnerables de cualquier sector social pese a que no sea alguno de nosotros el directamente afectado.

Para la construcción de la democracia se necesita que cada quien adquiera una voz propia dispuesta para el diálogo, la argumentación y la controversia; se necesita escuchar todas las voces silenciadas; se necesita aprender a unir fuerzas con los otros reconociendo hasta dónde van nuestras capacidades y cómo se pueden fortalecer; se necesita también la capacidad de reconocer quiénes son los adversarios, aquellos que se oponen al bien común en virtud de su beneficio exclusivo instrumentalizando a las personas, degradándolas o engañándolas; se necesita reconocer cuáles son los factores de sostenimiento y reproducción de los poderes que nos oprimen, explotan, someten y manipulan para oponerles las fuerzas que luchan por un mejor horizonte.

La idea de que el pueblo pueda autodeterminarse no quiere decir que no se darán contradicciones, la democracia no es un idilio o un mundo plácido de consensos y armonías, que supondría la homogeneidad, el unanimismo o la supresión de la diferencia, puesto que el conflicto es consustancial al vínculo social y no es en la democracia donde desaparece, sino en las sociedades totalitarias o adormecidas donde se logra la estabilidad mediante la fuerza o el adoctrinamiento.

Pero ¿cómo es posible entonces transformar una situación en la que el pueblo está ganado por la ingenuidad y la docilidad, por la apatía, el entusiasmo inactivo, el escepticismo estéril, la venalidad o cualquier otra actitud que redunde en la adaptación y en la parálisis necesarias para que la realidad en la que vivimos permanezca inalterada?

Viviendo en un medio en el que la violencia, la desigualdad, la corrupción, la antidemocracia, la precariedad hacen parte empecinada de nuestra realidad, sin que su resolución sea algo que se avizore, es estimable que haya quienes no han arriado su bandera de esperanza y se sostengan en las luchas por conquistar un modelo de sociedad donde la dignidad de todos los seres humanos no sea una consigna eternamente traicionada; ante una realidad que golpea tan concretamente nuestras vidas, no cabe duda del mérito e imprescindibilidad de las batallas sociales, políticas, económicas y de otro tipo que aspiran a la conquista de mejores condiciones materiales, pero la lucha por mejores condiciones materiales para todos es insuficiente y pobre si excluye de sus propósitos la lucha por mejores condiciones para potenciar el pensamiento, la cultura y la vida en todas sus dimensiones, y todavía más insuficiente y pobre si la potencia del pensamiento, el conocimiento y la cultura está excluida de los medios que han de emplearse en aras de la consecución de otro modelo de sociedad, pues ahí está precisamente la posibilidad de que las multitudes que hoy son sujetadas a voluntad de minorías puedan asumir un lugar de autodeterminación. A propósito de esto último, Estanislao Zuleta decía las siguientes palabras:

La democracia crece cuando crece la cultura y la capacidad de decidir es mayor y más eficaz. La capacidad de participar, de inventar, de producir organizaciones, de intervenir sobre la historia o sobre la economía crece a medida que crece la cultura[1].

Dicho de otra forma: los sentidos y experiencias múltiples a los que se abre el ser humano en la producción y en el acceso a los distintos bienes espirituales y materiales con los que enaltece su existencia, tienen un efecto favorable para la vida democrática y aunque la creación y el acceso generalizado a la cultura y al conocimiento no hacen per se a la democracia, ésta sí es imposible en medio de la ignorancia. El conocimiento se puede amasar para alimentar la vanidad, la fanfarronería, para aumentar el estatus y la distinción social, para ensanchar la hoja de vida; y nada de eso hará que colectivamente vivamos mejor, pero también se puede cultivar para favorecer una mayor sensibilidad, una mayor reflexión, una mayor apertura a la diferencia, una mayor suspicacia y un mayor criterio; con todo lo cual se estará cultivando al mismo tiempo la democracia.

Y no podemos esperar a que la consecución de ese objetivo fundamental en procura de un cambio en nuestra realidad venga de la mano de los agentes e instituciones con más capacidad para lograrlo y me refiero específicamente a los grandes medios de comunicación, a la escuela y a la universidad —que es a la que más se le rinde devoción—, pues si en ellos, tal como ahora operan, se deposita tal aspiración, lo que podemos esperar es lo que hasta ahora hemos obtenido: la indolencia, la ignorancia generalizada frente a los problemas fundamentales, la manipulación o la adaptación de las mayorías frente al orden social que padecemos.

No se trata de desdeñar la universidad como escenario para las luchas sociales por la democracia en sentido amplio, pero de mantenerse su tendencia a generar el ensimismamiento y la retirada de la inteligencia, del pensamiento y de la cultura de los ámbitos de acción extrauniversitarios (o sea los distintos espacios de la vida social donde está en juego la cualificación y participación del pueblo) tal como ahora ocurre con el predominio del academicismo, estamos condenados, por más que haya una pléyade de sapientes en las universidades, a que el dominio de nuestra conciencia como pueblo esté ganado por las fuerzas del inmovilismo cuyos privilegios se mantienen más estables si se asientan sobre la ruina espiritual y cultural de los que nunca han tenido acceso a una formación que medianamente interrogue la realidad que vivimos.

Considerando entonces la necesidad de una lucha cultural como parte de la lucha por la democratización, y los límites de los espacios institucionales para la circulación y creación de un pensamiento emancipador en aras de la conformación de un pueblo que pueda ser agente de transformaciones, hay que insistir en la necesidad de los escenarios y procesos de formación independientes pensados para favorecer la reflexión crítica sin las restricciones elitizantes propias de la academia.

Entre todos los espacios de ese tipo que pueden y deben existir, el Centro de Estudios Estanislao Zuleta con las modestas acciones que lleva a cabo —incluidos estos cuadernos— propugna la potencia que aguarda en el conocimiento vivo, dispuesto al entendimiento de nuestras realidades personales y sociales; pero este entendimiento que se apoya en el estudio y la difusión del marxismo, el psicoanálisis, la filosofía, la literatura y los saberes humanos y sociales, cobra su pleno sentido sólo al integrarse a las búsquedas por una sociedad más democrática en lo social, en lo político, en lo económico y en lo cultural.

Los textos que publicamos en este tercer número de los Cuadernos del CEEZ para la Reflexión y la Crítica tienen que ver con la filosofía, la historia y la literatura, y más allá de sus diferencias, están guiados por la convicción común de que la búsqueda de una mejor existencia, tiene como condición la reflexión implacable sobre lo que somos y la proyección de lo que queremos ser como individuos y como sociedad.

En primer lugar, el texto Una mirada a las mujeres de Don Quijote de La Mancha de Vincent Restrepo hace un análisis de algunos personajes femeninos de la novela de Cervantes que merecen atención porque son las que, corriendo el riesgo de la censura, la incomprensión, el descrédito o el fracaso, asumieron la dificultad de tomar la vida en sus manos afirmando su soberanía en confrontación con los mecanismos de sujeción que restringían sus posibilidades de ser, y a partir de este elemento común en los personajes que explora, el autor hace una reflexión sobre la condición de las mujeres en su relación con los hombres y en las distintas facetas de su existencia, como el deseo, el amor, la sexualidad, la moral que las rige, las imposiciones sociales que pesan sobre ellas, su autonomía y su libertad.

Por su parte Santiago Alarcón nos propone, con su texto A cien años de la osadía bolchevique, pasar revista a la articulación novedosa entre teoría y acción que efectuaron los revolucionarios rusos y sin la cual no les hubiera sido posible tomar la historia por asalto. Según el esquematismo y la ortodoxia reinantes para entonces, un país como Rusia, donde el capitalismo no había barrido la polvorienta sociedad feudal y en consecuencia el campesinado y no el proletariado era el elemento social predominante, estaba inmaduro para la revolución socialista. Entonces la osadía bolchevique no sólo consistió en la audacia política que condujo a la victoria, sino también en su desacato a esa dogmática abstracta que se apoyaba más en fórmulas inamovibles que en las condiciones sociales y políticas reales por las que pasaba el pueblo ruso; esto no supuso una deriva empirista por la cual se abandonaría el marxismo, sino que se trató de una “transgresión creadora” que al tiempo que vivificaba esta teoría, la puso al servicio de su objetivo fundamental: la emancipación social.

Finalmente, Carlos Mario González en su artículo Pensar la muerte se aplica a una reflexión sobre ese asunto tan presente, como habitualmente desatendido, que es el final inapelable de la existencia personal, no para preguntarse por lo que viene cuando de la existencia de cada quien en el mundo sólo quede su cadáver, algún recuerdo en la memoria de aquellos a quienes logró impactar y que le sobreviven, y acaso alguna obra más o menos perdurable, sino para que ante esa nada insondable que tendremos como destino final, tomemos en serio el ejercicio de pensar la vida en aras de hacer con ella lo mejor posible, lo más potente, lo más significativo que esté a nuestro alcance (sin desconocer que el capitalismo reduce abismalmente las posibilidades para unos mientras confiere privilegios a otros); es decir, de forjarnos un destino que no desmerezca del prodigio de existir del cual gozamos. Desatender esa responsabilidad con la propia vida sería abdicar de nuestra libertad y, en últimas, dilapidar irrecuperablemente la vida misma.

¿Se puede vivir bien pensando mal?, se pregunta Carlos Mario González en su texto, es decir, ¿se puede vivir irreflexivamente sin que se menoscabe gravemente la existencia? No. En consecuencia, si vivir mejor personal y colectivamente es la finalidad de la participación democrática, y si la literatura es una posibilidad para sentir en nosotros el intenso tacto de las verdades más profundas, más íntimas de la condición humana; si la filosofía es un compromiso del pensamiento para desentrañar esas verdades; si la historia y la política permiten reconocer que el presente que tenemos no es un destino inexorable porque lo que hemos sido y lo que somos como sociedad no está terminado; y si el conocimiento de lo social y lo humano sirve para descubrir nuestro lugar en el mundo, para reconocer a los otros y para hacernos más autónomos y más críticos, entonces se podrá decir sin ninguna duda que todos estos saberes son sustancias nutricias para la democracia, siempre y cuando sean una posibilidad para las mayorías sociales, y no un privilegio del que sólo gozan unos cuantos.

[1] ZULETA, Estanislao. La democracia y la paz. Conferencia al M-19 en Santo Domingo, Cauca, mayo 1989. En: Colombia: Violencia, democracia y derechos humanos. Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2008, p. 22.

Mateo Cañas
Miembro de Centro de Estudios Estanislao Zuleta

Gaitán, el hombre que fue un pueblo

“Yo no soy un hombre, soy un pueblo, y el pueblo es mayor que sus dirigentes”. Con estas palabras, dirigidas a una multitud reunida en plaza pública para escucharlo, hacía referencia Gaitán a su propia figura y a la concepción que tenía de su movimiento. Orador por excelencia, Gaitán enaltecía las esperanzas y emociones de un vasto sector que había recibido la espalda y la bota de sus dirigentes; ahora, por fin se sentía escuchado y reconocido en la voz de aquel que les hablaba con elocuencia y enardecidos ánimos. Y es que si bien las condiciones conflictivas existían, pues la problemática social era evidente y era sufrida por la mayoría de la población (el problema agrario aún estaba latente e irresuelto: campesinos sin tierra y colonos con amenaza de desahucio; obreros y sindicatos en la mira del gobierno: represión de huelgas y abandono del apoyo al movimiento sindical), aquellas no hubiesen tomado el tenor de una verdadera “revolución en marcha” si Jorge Eliecer Gaitán no hubiese actuado como catalizador y aglutinante de esa masa de ciudadanos inconformes, generando así un movimiento que desbordaba los estrechos marcos del bipartidismo. Heredero de los proyectos democráticos empezados, aplazados y defraudados por los gobiernos liberales que se dieron entre 1930 y 1946, este abogado de profesión hace eco político en un momento en que Colombia sufría las dolencias que le implicaba la formación histórica particular de sus cimientos: una reforma agraria nunca efectuada; una ausencia de expresiones políticas diversas, participantes y configuradoras de una democracia más profunda; en síntesis, un Estado inacabado, precario y débil en el que se trataba de instaurar una modernización económica en medio de un atraso cultural, social y político.
De su movimiento aseguraba que no era personalista, pero evidentemente lo fue, como quedó demostrado con su asesinato el 9 de abril de 1948, en donde la falta de dirección, la falta de un grupo que encausara y organizara toda la revuelta que estalló ese día fatal hizo que el movimiento popular, que había empezado a configurarse con la presencia política de Gaitán, se fragmentara y fuese derrotado. Sí, su movimiento era personalista pero no demagógico como lo tildaban sus adversarios, pues las palabras y argumentos con las que denunciaba las injusticias del gobierno, de la clase política, no eran demagogia, sino un llamado a la justicia, como él mismo decía. Y es que el mérito de Gaitán no estaba sólo en su capacidad de denuncia y de convocatoria, en su carisma y elocuencia, que también; sino principalmente en haber reunido en torno suyo y a una propuesta política, a una mayoría que llevaba dividida y en confrontación por casi un siglo, logrando oponerla a un enemigo común: la oligarquía, que funcionaba por medio de prebendas y clientelas; un poder externo que no representaba a sus simpatizantes, sino que los instrumentalizaba. La contradicción, pues, que lograba expresar era nueva: ya no era conservadores versus liberales; ahora era pueblo versus oligarquía ¿Era entonces Gaitán un populista? Efectivamente ¿Era posible que no lo fuera en medio del contexto histórico y político que le correspondió vivir? La creación de ese sujeto político de la democracia que se llama pueblo, exigía la inmensa tarea de avivar y empujar a la existencia política a esa gran masa compuesta por los sectores subalternos, limitados no sólo en sus condiciones materiales, sino restringidos en las espirituales; este vasto sector, por fuera aún del derecho a la cultura y a la educación, se encontraba desarticulado y excluido de la esfera de lo político, del ejercicio consciente de una participación ciudadana, quedándole como única opción, para ingresar a dicha esfera y desplegar tal participación, la identificación con un caudillo.
Gaitán era el hombre, había asumido la enorme y necesaria tarea política de constituir un pueblo, un sujeto político con conciencia de sus propios intereses de los que hiciera acción y defensa; y pagaría con su vida por ello. La tarea quedó trunca y lo que ocurrió tras el insuceso del 9 de abril, fue la agudización de las problemáticas sociales: una contrarreforma agraria, un aumento sistemático de la violencia, un mayor cerramiento político, una metódica y terrible anulación del oponente, una aguda represión del pensamiento diferente, la criminalización de la protesta, una expansión desmedida del miedo. Con el asesinato de Gaitán, como si fuese un aciago preludio, vendrían después los Pardo Leal, los Galanes, los Jaramillo Ossa, los Pizarros; el segamiento de las vidas de múltiples dirigentes sociales y políticos que han buscado la salida a los problemas más estructurales, enunciados una y otra vez, pero que siempre deben repetirse hasta hacerse oír: el del acceso a la tierra, la ampliación política, la debilidad del Estado, la violencia, la ampliación y conquista de mejores condiciones materiales y espirituales, de una vida digna para todos.
Por todo lo dicho, se nos presenta desproporcionada esa pequeña losa con su nombre y algunas palabras alusivas a su figura, que se encuentra en Bogotá en el cruce de la avenida Jiménez con Séptima, lugar donde cayó muerto hace 70 años este líder popular. En definitiva no le hacen justicia a su memoria. Escribimos este texto aún sabiendo que muchos lo han olvidado y pasan de largo por aquel lugar, que muchos no saben siquiera que tal acontecimiento ocurrió y todo lo que tiene por decirnos de nosotros mismos, lo escribimos, precisamente, porque esperamos aportar a la recordación de un hombre que, como decía de sí mismo, era un pueblo: la síntesis de un país que ha estado entre la esperanza de un cambio y el fracaso al intentarlo. El país donde la horrible noche parece no haber cesado y donde, sin embargo, han existido personas como Gaitán que merecen escribir su nombre en las páginas de la historia; un país donde siguen existiendo ingentes esfuerzos de líderes y organizaciones sociales en pro de la formación de ese sujeto político. Por este esfuerzo y por la necesidad de aunar al mismo las enseñanzas de la historia, Gaitán y su memoria ha de ser el llamado, como diría Estanislao Zuleta, a hacer de la democracia “la cátedra IN VIVO de la política, la necesidad de aprender a luchar continuamente por [nuestros] intereses y a averiguar cuáles son”.

Santiago Piedrahita
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta

¿Queréis defender los derechos humanos? ¡Luchad contra el capitalismo! (por Carlos Mario González)

Los seres humanos no le debemos a la naturaleza, a la physis, ser lo que somos como sujetos, como individuos o como sociedades; nuestras formas y contenidos no son provistos por la naturaleza, resultan de las relaciones sociales establecidas en la vida personal y en la vida colectiva. No nacemos humanos por naturaleza, nos hacemos humanos en gracia a entrar en relación con el Otro, relación que determina para nosotros el ineludible lugar de la Ley. Ahora, la expresión ley humana atañe a un imperativo, a un mandato, que no es del mismo tenor que tiene la Ley natural en la naturaleza, pues las leyes humanas son históricas y sociales. Entre nosotros la ley es la mediación entre el individuo y sus semejantes, siendo la expresión paradigmática de ella la que nos constituye como seres del lenguaje y, en tanto esto, seres de posibles, dicho de otra manera, la criatura humana por carencia de una determinación natural y por su constitución en el orden simbólico, es un ser plástico, esto es, un ser de múltiples formas posibles, de manifestaciones plurales, en una palabra, la pluralidad es lo suyo, la singularidad su destino. Somos diversos por humanos, somos humanos en tanto diversos.

Si no hay forma fija y, menos, única, el ser humano despliega su existencia personal y colectiva en el ámbito de lo posible, de donde deriva una pregunta que concierne tanto a lo ético como a lo político: ¿cómo desarrollar lo mejor de sí en el seno de la mejor sociedad posible? Este es, precisamente, el reto que deben encarar los derechos humanos: garantizar las condiciones físicas, materiales, morales e intelectuales requeridas para el desarrollo y la realización del individuo. Dicho lo anterior cabe agregar que los derechos humanos no son un a priori de nuestra especie, no son naturales, son una conquista histórico-social. Siendo así, ¿por qué es necesario conquistar los derechos humanos? Porque en el ser humano hay una pulsión a lo peor, pulsión que cobra su materialización tanto en lo subjetivo —en la expresión personal— como en lo colectivo —en los ordenamientos socio-políticos y económicos—; además, porque por su constitución como sujeto de la Ley el ser humano es estructuralmente conflictivo, valga decir, la armonía absoluta no le es dada como posibilidad en su relación con los demás, así como, dicho sea de paso, tampoco en la relación consigo mismo.

Prosigamos. Si los derechos humanos son, idealmente hablando, el orden social que garantiza los términos para la realización vital de la persona, tiene sentido preguntarse cuáles son las condiciones de posibilidad que el capitalismo, en términos generales, ofrece, más allá del discurso, para la materialización de ellos. Para abordar esta pregunta es menester dejar claro que capitalismo y democracia no son sinónimos, y menos si hablamos de la democracia radicalizada, esto es, expandida y profundizada en lo económico, lo social, lo político y lo cultural. Hay capitalismo sin democracia, como puede haber democracia sin capitalismo, más aún, el capitalismo, por la propia lógica que determina su existencia, basada en la relación capital-trabajo asalariado, en la explotación concomitante bajo la forma de apropiación del plusvalor y en la acumulación ampliada, es progresivamente antidemocrático, pues se enfila en dirección a una imparable concentración del poder. Si contrastamos el capitalismo en su devenir y en su realidad efectiva con los tres ideales que enarboló la Revolución Francesa y en los que se condensan las aspiraciones más propias de los derechos humanos, pues la realización estricta del ideario “Libertad, Igualdad, Fraternidad” cubría las expectativas sociales y humanas de tales derechos, constatamos que el capitalismo más bien los mina y cada vez más los arroja al dominio de lo expresado formalmente y distanciado de su realización efectiva.

Pero conectemos de una vez la afirmación sobre la precariedad en que sume el capitalismo a los derechos humanos —a partir de su imparable proceso de concentración de la riqueza que inevitablemente se traduce en una concentración de poder, y por la ideología individualista que promueve— con lo que algunos sueñan como la solución para superar su reiterado incumplimiento en las sociedades de hoy: la educación, en particular la educación escolar en todos sus niveles. Se señala, pues, a la educación como recurso por excelencia para promover los derechos humanos, la educación en abstracto, como si fuera un ente celestial por encima de la sociedad concreta en la que adelanta su labor. Pero la educación a  la que en la sociedad actual tirios y troyanos le endilgan ser la panacea para todos los males, no hace su labor reducida a la mera comunicación de unos contenidos, cual si bastara para formar a un individuo comunicar una información, pasando por alto que el efecto educativo depende de manera decisiva de otros asuntos que los meramente discursivos que se enuncian en las aulas. Es el engaño en que cae esta sociedad y es el origen del fracaso recurrente en que incurre la escuela actual de cara a formar individuos cuya vida se comprometa con la justicia social, la libertad real y la sensibilidad humana.

Refrendando lo anterior, bastaría con decir que la inmensa mayoría de quienes tienen en sus manos las riendas de conducción del poder político y económico de la actual sociedad, son profesionales graduados según los criterios y modelos escolares establecidos. Para educar no basta con decir algo, pues lo dicho puede estar en radical contradicción con la forma, los modelos y los propósitos que en los hechos efectivos animan la práctica educativa. Insistamos, la educación no se reduce a qué se dice, también depende, y de manera sustancial, del por qué, del para qué, del cómo se educa, pues puede suceder, como pasa efectivamente en la actual sociedad capitalista, que los mensajes dichos se contradigan con los hechos concretos, tal como le señala Kafka a su padre, refiriéndose a lo que sucede cuando se sientan a la mesa: “Mordisquear los huesos estaba prohibido, pero tú no dejabas de hacerlo; no se podía sorber el vinagre, pero tú lo hacías. Lo más importante era cortar en forma pareja el pan, pero el que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa, eso no tenía la menor importancia. Se debía tener cuidado de no dejar caer migas al piso, pero, al terminar la mayor parte de ellas estaba debajo de tu lugar. Una vez sentados a la mesa, sólo era posible dedicarse a comer, pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a los lápices y te limpiabas los oídos con palillos” (Kafka, Franz. Carta al padre. Edicomunicación, Barcelona, 1999). Es simple y contundente el drama del niño Kafka: qué acoge del padre, ¿los enunciados que promulga o la infracción que hace de los mismos? Es lo mismo que pasa con la educación en la sociedad del capital: verbalmente pronuncia el valor de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad, pero en los hechos se educa para asumir dócilmente el mandato empresarial relativo a que el saber y la inteligencia deben estar sólo al servicio de la rentabilidad; que la realización del individuo estriba en el lugar alcanzado en la jerarquía social, siendo la vida más lograda cuanto más superioridad conquiste frente a los demás; que educarse es acendrar el individualismo competitivo, según lo promueve una práctica escolar que riñe con cualquier experiencia relativa a una comunidad intelectual. Más allá de los discursos formales que enuncia, la práctica educativa vigente en la sociedad capitalista promueve un profesional que no pasa de ser un funcionario dócil y acrítico, acuciado por el arribismo y el anhelo de diferenciarse socialmente, entregado a un individualismo feroz que le lleva a representarse al otro como un rival a superar. Estos son los valores que hacen de pilares ideológicos del capitalismo y esta es la educación que en la práctica se lleva a cabo en esta sociedad, más allá de las palabras con las que se adorna.

La conjugación de una sociedad centrada en la voracidad acumuladora, obsesionada con la concentración de poder, con miles de millones de seres sin más opción que someter su capacidad personal productiva a las demandas del capital, y una concepción educativa forjada en función del individualismo rampante y la rivalidad agonística, desentendida de todo lo que no sea poner el conocimiento y la inteligencia al servicio de un productivismo desenfrenado y un consumismo agobiante, según el mandato indiscutible de acrecentar la ganancia, todo esto no configura el mejor contexto para que la libertad, la igualdad y la solidaridad primen en los lazos sociales. De ahí que, míresele por donde se le mire, la lucha por una sociedad que sepa concretar en los hechos los derechos humanos y con éstos la posibilidad efectiva de la realización vital de los individuos en su humana pluralidad, debe inscribirse en la lucha contra la estructura misma de la sociedad capitalista.

Carlos Mario González
Profesor Universidad Nacional
Director Centro de Estudios Estanislao Zuleta

100 conferencias de Carlos Mario González sobre la vida cotidiana

100 conferencias Carlos Mario González sobre la vida cotidiana

Durante ocho años, entre el 2007 y el 2015 hice parte de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta, de la cual fuí fundador junto a otro grupo de personas, y durante ese tiempo llevé a cabo mensualmente, en el auditorio principal de Comfama, sito en San Ignacio, una conferencia, según ciclos tematizados anualmente, dentro de un evento que dimos en llamar La Conversación del Miércoles. En noviembre de 2015 ofrecí mi última exposición al interior de dicho proyecto, exactamente la número 80 contadas a partir de la primera que se había llevado a cabo en septiembre del 2007. Irreconciliables diferencias con Corpozuleta en lo relativo a lo que es el legado intelectual de Estanislao Zuleta, su continuidad y desarrollo (tema éste sobre el que versará mi artículo del tercer número de los Cuadernos del Centro de Estudios Estanislao Zuleta para la Reflexión y la Crítica, que aparecerá el primer martes de febrero de 2018) me condujeron a retirarme de dicha organización y de inmediato, con una treintena de personas que me acompañaron, fundamos el Centro de Estudios Estanislao Zuleta – Escuela de Formación en Pensamiento Crítico (CEEZ), buscando recoger el aporte de Estanislao Zuleta, precisando la especificidad de éste y tratando de proseguirlo a la luz de lo distintivo suyo. En esta línea, decidimos sostener entre otras actividades, el ofrecimiento de una reflexión mensual en forma de conferencia pública, realizada en un nuevo lugar, la Biblioteca Pública Piloto, todos los primeros martes de cada mes. Con tal propósito el evento tomó el nombre de Diálogos en la Ciudad y el cual a lo largo de los años 2016 y 2017 ha cubierto veinte conferencias, las que hasta el presente buscaron articular la vida y la obra de grandes hombres y grandes mujeres en función de una problemática singular de la cual pudiéramos aprender en gracia a la manera en que estos hombres y estas mujeres las supieron enfrentar. Son, pues, 100 esfuerzos reflexivos que con sus aciertos y errores han intentado sostener el compromiso de Estanislao Zuleta por hacer de la labor intelectual un recurso de lucha en el escenario de las ideologías, labor que permita el análisis crítico de las concepciones, ideales y valores que rigen la vida social y la cotidiana en la sociedad capitalista, tarea crítica que sólo se puede desplegar, si es que de verdad se quiere recoger la enseñanza de Zuleta, desde la perspectiva de un pensamiento complejo y con miras a entender y transformar la vida personal y colectiva en aras de su cualificación como una experiencia más justa, equitativa y racionalmente humanizadora. Esperamos que nuestra tarea en este frente discursivo logre ir mucho más allá de estas 100 conferencias que hoy recordamos.

Carlos Mario González

Haga click aquí para descargar el listado de las 100 conferencias

Correspondencia desde Uruguay

El drama y la esperanza de Colombia a los ojos de una amiga uruguaya

El CEEZ quisiera compartir las bellas palabras que ha recibido desde Uruguay por nuestra querida amiga Denise Saravia, así como la respuesta de Carlos Mario González, director del CEEZ.

Montevideo, julio 2017.

 

Preparando el encuentro

Tengo el inmenso honor de estar integrada amorosamente a un grupo humano llamado Centro de Estudios Estanislao Zuleta (CEEZ) en homenaje al distinguido pensador e intelectual colombiano.

¿Cómo llegué allí?... Este recorrido comienza hace cuatro o cinco años, cuando luego de muchos intentos y vueltas decido iniciar una nueva etapa y afrontar mi vida en una soledad creativa. Este tiempo me permitió tomar distancia de la rutina cotidiana y poder entablar un diálogo íntimo, una búsqueda propia.

Un día llegaron a mis manos dos libros: “El desbarrancadero” como relato del dolor que provoca el sinsentido de la muerte de un hermano y “Los días azules”, ambos del escritor colombiano Fernando Vallejo. Un recorrido biográfico del niño que fue, nacido en Medellín, Colombia. La forma de relatar un espacio geográfico, una época, una ciudad, una calle, una casa y una familia, me atrapó como una concepción muy trágica de la vida. Ya se esbozaban en mí algunas preguntas existenciales: qué somos, el amor, el sentido profundo de la existencia, la vejez, la muerte, etc. —que si bien siempre me acompañaron— ahora comenzaban a martillar más fuerte y con una imperiosa necesidad de respuesta.

A partir de allí seguí buscando en la literatura colombiana autores que reflejaran esa sensibilidad difícil de explicar, tan propia y a la vez tan entrañable… y fueron apareciendo como una cascada nombres de autores como: William Ospina (“La franja amarilla”), Alfredo Molano (“A lomo de mula”, “Ahí les dejo esos fierros” y diversos artículos periodísticos), Jorge Orlando Melo (“Colombia Hoy”), Héctor Abad Faciolince (“La Oculta”), Piedad Bonett, Laura Restrepo, Jorge Franco, Juan Gabriel Vázquez, etc. También en esa búsqueda hacen figura en mí algunos intelectuales colombianos y personalidades como la de Camilo Torres, Fals Borda, el Padre De Roux, Héctor Abad Gómez, Umaña Mendoza y otros. Ellos me introdujeron no sólo en las historias biográficas y personales sino también en la profunda peripecia de una sociedad muy castigada y sufrida a pesar de lo cual no perdía la alegría y el deseo, la fuerza de vivir y luchar en un mundo complejo y hostil.

Toda esa “colombianidad” me fue envolviendo con el anhelo de conocer más y más historias y detalles de una realidad que estaba sucediendo aquí en América Latina, no muy lejos de mi lugar en el mundo, un pequeño país sobre el Río de la Plata llamado República Oriental del Uruguay.

Fue así que rastreando en la historia del siglo XX y conmovida por los episodios de 1948, la muerte de ese inmenso líder que fue Jorge Eliecer Gaitán y el posterior Bogotazo, mis navegaciones por Internet me toparon con una conferencia de un intelectual colombiano, Profesor de la Universidad Nacional (que claro está era un desconocido para mí hasta ese instante) que hablaba de “una mirada a nuestra vida cotidiana”, el amor, la amistad, los vínculos humanos, la importancia de la conversación, la libertad, la identidad, la muerte… ese era Carlos Mario González Restrepo. Desde ese mismo momento y como “un puñetazo en pleno rostro”, me iluminé… y una conferencia tras otra —sin disminuir su intensidad— comenzaron a llegar las respuestas que tanto estaba ansiando.

Ese hombre que hablaba desde la pantalla para un auditorio a cientos de kilómetros de mi lugar, estaba mágicamente dándome las contestaciones más convincentes a mis eternas preguntas existenciales y no desde la creencia o la fe, como un sacerdote, sino desde el conocimiento rigurosamente adquirido y largamente estudiado de varias teorías y disciplinas: Historia, Filosofía, Antropología, Sociología, Literatura, Psicoanálisis etc., las que amaba desde mi formación en Bachillerato Humanístico y la Licenciatura en Psicología.

Feliz coincidencia… también era colombiano, nacido en un pueblito antioqueño, y profesor de la Universidad en Medellín. Estos dos motivos me decidieron a escribirle y ponerme en contacto con él, aunque más no fuera para que supiera que tenía una admiradora en las tierras del sur del continente.

Ese contacto fue definitorio en mi vida, ¡qué caminos misteriosos o caprichosos tienen los encuentros con un maestro! …y ¿por qué la importancia del “ser colombiano”?

Todavía ensayo respuestas a esa interrogante, pero tengo pensado descubrirlo este año cuando viaje a Medellín a conocer esa tierra que me ha fascinado a la distancia, la tierra también “hace” a la gente que en ella habita.

Inmensa sorpresa para mí fue la acogida que tuvo mi mail, lejos de encontrarme con un profesor ocupado en sus quehaceres académicos y sin tiempo para atender admiradoras, me encontré con esa profunda sensibilidad que sólo se encuentra en los grandes seres humanos y que para este caso llamaría “colombianidad”, que generosamente me abrió puertas para compartir mundos y para conocer a otro intelectual valiosísimo como Estanislao Zuleta. Desde entonces he tratado de corresponder a tanta cordialidad y enriquecimiento con un puente de verdadera amistad basado en la palabra y en el seguimiento de sus proyectos como el CEEZ y todos los esfuerzos y las luchas que encara Carlos Mario con contagioso entusiasmo.

 

Mi mirada sobre el CEEZ

En la conferencia sobre Nietzsche ofrecida en setiembre de 2016, el maestro Carlos Mario nos señalaba la equivocación de este pensador al creer que sólo la lectura de su libro “Así hablaba Zaratustra” iba a esclarecer la conciencia de los hombres y por tanto sus efectos lograrían un cambio cultural sin precedentes. Nos ofrecía como hipótesis que la despolitización de Nietzsche y su obra, no le permitía ver que era necesario además un conjunto de actos organizativos y políticos que contaran con un vínculo colectivo y participativo para plantar las nuevas ideas. En esa oportunidad ponía como ejemplo a San Pablo y su incansable tarea de formar escuela en cada lugar al que llegaba para transmitir sus creencias religiosas. Este ejemplo me sirvió para entender cabalmente las razones de la formación de este magnífico proyecto que es el CEEZ.

Desde el documento de su Acto de Fundación se expresa claramente como objetivo general “incidir en la sociedad combatiendo en el campo ideológico a favor de un proyecto social y humano como fuerza contraria a la injusticia, indignidad, inequidad y estupidez del modelo civilizatorio dominante”. Con las herramientas más nobles para esa tarea: cultivar la inteligencia y el conocimiento para la formación de un pensamiento crítico y creativo, el Centro de Estudios se dispone a la formación de intelectuales.

Estoy gratamente sorprendida y entusiasmada de ver como en apenas un año y medio de existencia, se advierte en este proyecto un proceso de rápido crecimiento, logrando para alcanzar sus objetivos conjugar:

  • Los encuentros con el público a través de los dos espacios de “Diálogos en la Ciudad” y “Conmemoremos” que son la puerta grande de llegada a la gente, de un contenido claro y asequible dominados por la genialidad de “nuestro encantador de serpientes” y el respaldo de una institución tan importante como la BPP entre otras.

  • Los usos de la informática en una página web muy moderna y creativa que pone al alcance de todos los interesados los contenidos de su intenso trabajo.

  • El programa de la UN radio, para aquellos haraganes a los que les cuesta encontrar un momento para leer un libro, facilitando la sutil penetración por la “escucha” con la voz de estos jóvenes inquietos e inteligentes.

  • Los cuadernos del CEEZ, publicación ambiciosa que vamos a sostener con “uñas y dientes” tanto en su financiamiento como en sus contenidos, registro imprescindible como huella de una acción.

  • A la interna del Centro de Estudios, un modelo organizativo que sería la envidia de San Pablo y Nietzsche! con sus comités de organización, finanzas y propaganda. Especial mención para la Tienda Cultural del CEEZ… que demuestra tanto tesón y laboriosidad en la tarea encomendada.

  • Palabras mayores para los Seminarios y sus contenidos que siendo como el corazón que bombea sangre vigorosa al resto del organismo, han logrado a través de la rigurosidad y la disciplina ir tejiendo en la formación esa diversidad transdisciplinaria que permite entender el pensamiento, el conocimiento, la actividad intelectual como un esfuerzo múltiple y consciente para hacer mejor nuestra vida, como lo planteaba Estanislao Zuleta (Artículo “La amistad y el saber: Estanislao Zuleta” de William Ospina, Revista Aquelarre Nº 26, 2014).

Para terminar quiero que sepan que uno de los fines de mi viaje es poder conocerlos y reafirmar todo esto que siento por ustedes como bellas personas y poder abrir mi ser a nuevos sentidos, respuestas y nuevas interrogantes.

Además debo confesarles que me siento en deuda con el CEEZ porque yo no tengo grandes cosas para aportarles… difícil alcanzar el nivel en que ustedes se encuentran… no soy una oradora brillante (cierta timidez que padezco me lo impediría), ni tengo trabajos o publicaciones premiados para compartir, ni una experiencia como militancia política que transmitirles. Soy (diría Carlos Mario) “gente común y corriente”, eso sí con gran curiosidad y posición de “camello” de aprendiz según Nietzsche, a veces ensayo algo de “león”, y al “niño” me cuesta bastante encontrarlo, pero me gusta el “tintico”, la cerveza y el vino con lo que podremos pasar largas veladas de conversación!

Una y mil veces GRACIAS y hasta pronto.

Denise.

 

Respuesta de nuestro director

Querida, queridísima Denise, tus palabras estrujaron mi corazón y me conmovieron en lo más hondo de mi alma. Tu manifestación es una altísima forma del reconocimiento para conmigo y para con el CEEZ, al tiempo que —a diferencia de lo que vos decís de vos misma— revelan la claridad , la sensibilidad y la inteligencia de una mujer plenamente viva y con la cual el diálogo personal que se anuncia promete ser un mar de ideas y sentimientos.
Haremos todo lo posible por traer a Medellín a Eduardo Gómez en los días de tu visita para que podás conocerlo y conversar con él. Pero, como no me creo lo que tu humildad quiere hacerme pensar, la belleza, la limpieza y la valía de tu carta me conduce de inmediato a pedirte que cuando estés con nosotros nos ofrezcás en el CEEZ una charla que podríamos titular "El drama y la esperanza de Colombia a los ojos de una amiga uruguaya", al igual que quiero pedirte que nos autoricés a colgar en nuestro sitio web tu hermosa y fraternal carta, y te lo pido porque a veces es muy rico sentirnos orgullosos de nosotros mismos y tus palabras nos lo permiten de sobra. ¡Y claro que tu carta saldrá de inmediato hacia todos los miembros del CEEZ, pues ¿cómo retardarles esta alegría y ternura que sentirán?! Dicho sea de paso, mil gracias por tu admirable capacidad de sabio marino para deslizarte entre el Epsila y el Caribdis de nuestra diferencia crítica como CEEZ con Corpozuleta y la que se presentó entre Sandra y yo; se necesitaba tino y delicadeza para no escorar hacia ningún lado y para no encallar alguna de tus amistades. De verdad, esta actitud tuya para cruzar avante por el medio de nuestra tempestad, habla de tu nobleza y tu superioridad de espíritu y refrenda en nosotros el profundo afecto que guardamos por vos, nacido de tantos gestos amistosos con los que nos regalás permanentemente.
El más cálido y estrecho de los abrazos.

Carlos Mario González

160 años de Las Flores del Mal

Charles Baudelaire
(1821 - 1867)

Melancolía: El (anti)humanismo de Baudelaire

Quien se acerque desprevenidamente por primera vez a la poesía de Charles Baudelaire no podrá evitar sentir cierto malestar ante la imprudencia de sus versos. Baudelaire se presenta a su lector como un hombre misógino, crítico del progreso, abierto defensor de un elitismo dandista, como un resentido cuyo desprecio por el mundo no se agota en lo humano sino que trasciende también a lo divino (Ver Letanías a Satán y La negación de san Pedro). Pero quizá se sorprenda el lector si además se acerca a un par de datos biográficos del poeta, entenderá luego que Baudelaire era un hombre delicado, sensible y, aunque vacilante, temeroso de Dios. Algunos de sus biógrafos insisten en presentarlo como un mitómano que gustaba de ostentarse a sí mismo más inmoral de lo que realmente era. Lacerante y frágil, intempestivo y agobiado, Baudelaire ostentaría con justeza la etiqueta de Poeta maldito que luego se colgó a sus herederos.

El lector desprovisto de otro criterio distinto a su sentido común pasará rápidamente al enjuiciamiento psicológico o moral de la personalidad del poeta, mientras que en el lector atento surgirá la sospecha de que a esa contradictoria personalidad la habitan motivos más profundos que la imprudencia. El lector formado sabe que la verdad de una obra de arte está más allá de lo que a primera vista aparece. Decir que Baudelaire era un neurótico es una perogrullada, la forma como Baudelaire tramita su neurosis es aquí lo esencial: es en la forma estética donde el antihumanismo de Baudelaire deja ver su humanismo

Apreciar un poema de Baudelaire es apreciar cómo lo grotesco se sublima y se hace bello. Su poesía tiene el poder de elevar lo más bizarro a lo más espiritual: una inmunda carroña en medio de la vía da al poeta la ocasión para expresar a su amada el más genuino sentimiento (Ver Una carroña). Esta redención de las cosas que la concepción vulgar de la belleza olvida es lo que constituye el genio artístico de Baudelaire

Yo no pretendo que la alegría no pueda asociarse con la belleza, pero sí afirmo que la alegría es uno de los adornos más vulgares; mientras que la melancolía es, por así decirlo, su ilustre compañera, hasta el punto de que no concibo un tipo de belleza en que no entre la desgracia. (Baudelaire: Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos)

La melancolíaSpleen como aparece en Las Flores del Mal— es la tristeza que surge ante la contradicción del deseo de transformar el mundo y la imposibilidad de lograr esa transformación. La belleza que vive de espaldas al horror es una belleza vulgar porque se instala plácidamente en un mundo horroroso y se convierte en instancia de legitimación suya. Sobre la belleza melancólica, en cambio, se levanta el verdadero humanismo: en lugar de ir buscando “el lado bueno de las cosas” toma las cosas en su conjunto y las manifiesta siempre como lamento o como grito de protesta.

Todos los grandes poetas se convierten, naturalmente, fatalmente, en críticos. Me dan lástima los poetas a quienes guía sólo el instinto; los creo incompletos. Es imposible que en el poeta no esté contenido el crítico. Por lo tanto, el lector no quedará asombrado si le digo que considero al poeta como el mejor de los críticos (Baudelaire, Citado por Eduardo Gómez: La función estética y social de la poesía)

Los grandes poetas, aquellos que no se satisfacen con la parcialidad sino aquellos que son completos, asumen un compromiso radical con la belleza aún en medio de fealdad. Los grandes poetas son por eso mismo indefectiblemente críticos. Ellos no están buscando lidiar con sus problemas personales sino con los universales. Reducir a un artista a sus fantasmas personales —como algunas biografías pretendieron hacerlo con Baudelaire— es, pues, quedarse en el punto de partida. En una discusión con cierto círculo marxista decía Sartre: “Valéry es un intelectual pequeñoburgués, no cabe la menor duda. Pero todo intelectual pequeñoburgués no es Valéry”; el mismo cuestionamiento cabría hacerle a quienes reducen a Baudelaire su condición neurótica. Es lo que el artista hace con sus fantasmas lo que determina su genio.

Esta tensión entre los dramas personales y el genio artístico, entre la inclemencia del mundo y la dimensión trascendente de la forma estética, esta belleza melancólica que caracteriza la obra de Baudelaire, aparece claramente manifiesta en el primero de los poemas de Las Flores del Mal que a continuación compartimos en la traducción de Estanislao Zuleta como homenaje de nuestro Centro de Estudios a los 160 años de publicación de esta obra.

 

Bendición

Cuando, por un decreto de potencias supremas,
El poeta aparece en este mundo hastiado
Su madre horrorizada y llena de blasfemias
Se crispa contra Dios, que la escucha apiadado.

¿Por qué no habré parido todo un nudo de víboras
Antes que concebir este ser irrisorio?
Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que fuera engendrado mi suplicio expiatorio.

Puesto que fui elegida entre tantas mujeres
Para traer desgracia a mi esposo maltrecho,
Y que como una carta clandestina de amores
No se puede quemar el monstruo contrahecho.

Ya sabré yo volver tu odio que me aplasta
Contra este instrumento de tu malignidad,
Y sabré castigar esta planta nefasta
Para que sus retoños no puedan infectar.

Y mientras así rumia su odio y su tormento
Sin poder comprender los sempiternos planes,
Prepara las hogueras que consagra el infierno
A los inolvidables crímenes maternales.

Bajo la protección de un ángel invisible
El niño desechado se emborracha de sol
Todo lo que cosecha su experiencia sensible
Es licor de los dioses, néctar embriagador.

Él charla con las nubes y juega con los vientos,
Es feliz mientras sigue la ruta de su cruz,
El genio que lo guía llora al verlo contento
Como un pájaro libre en una selva azul.

Siempre le temen todos los que él quisiera amar,
O al contrario se enervan por su porte flemático,
Y para hacerlo blanco de su ferocidad
De alguna culpa siempre procuran acusarlo.

En su pan y su vino mezclan escupitajos,
Y con desdén hipócrita apartan lo que toca,
Piensan haber caído horriblemente bajo
Cuando por azar cruzan la vía que le es propia.

Su mujer va gritando por los lugares públicos:
Si me encuentra tan bella para rendirme culto,
Adoptando el papel de los antiguos ídolos
Me cubriré de oro como ellos, a mi gusto.

Me embriagaré de nardos, de inciensos y de mirras,
Y de genuflexiones, de carnes y de vinos,
Usurparé con creces en un ser que me admira,
Todos los exaltados homenajes divinos.

Y cuando esté cansada de esas farsas impías,
Mi mano fuerte y frágil sellará su destino,
Mis garras afiladas como las de una arpía
Hasta su corazón se abrirán un camino,

Y como un joven pájaro que tiembla y que palpita,
Arrancaré del pecho su rojo corazón,
Para satisfacer mi bestia favorita
Se lo arrojaré al suelo, con desdén, sin pasión.

Hacia el cielo, en el cual ve un espléndido trono,
El poeta sereno dirige su plegaria,
Y los potentes rayos de su espíritu lúcido
Le impiden ver los pueblos erizados de rabia.

Bendito tú, señor, que das el sufrimiento
Como santo remedio de nuestras impurezas,
Y como el más excelso y más puro fermento
Que para los sagrados placeres nos da fuerza.

Yo sé bien que tú guardas un lugar al poeta
En las filas felices de tus santas legiones,
Y que es un invitado tuyo a la eterna fiesta
De virtudes, dominios y permanentes dones.

Yo sé bien que el dolor es la nobleza prístina
Contra la que no pueden la tierra y los infiernos,
Y que para tejer mi gran corona mística,
Hay que vencer los mundos y dominar los tiempos.

Ni las joyas perdidas de viejas capitales,
Los metales ocultos y las perlas del mar,
Montados por tu mano nunca serán bastantes
Para esta diadema deslumbrante adornar.

Porque estará tan solo revestida de luz,
Recogida en el foco de rayos primitivos,
Del que los ojos vivos en todos su esplendor,
No son más que reflejos vagos y oscurecidos.

Por: Juan David Gómez Osorio

A Eduardo Gómez, miembro honorífico del CEEZ

Eduardo Gómez, escritor y poeta

No hay honor en llamarse a sí mismo revolucionario cuando la lógica de la historia ofrece todas las garantías para la transformación social; es en la angustia que la adversidad del mundo produce donde la osadía del deseo revolucionario reclama su existencia. En un mundo donde los viejos no ven en nuestros anhelos y reclamos más que actitudes pueriles, la figura de un hombre octogenario que insiste en el declive del capitalismo y el reconocimiento de las fuerzas juveniles como motor del cambio social resulta inspiradora.

Conocemos la limitación de nuestras fuerzas y sabemos de la desproporción de nuestra lucha, pero no vacilamos en identificarnos con la osadía de Eduardo Gómez antes que con la tranquila certidumbre que ofrece el mundo dado. Conocemos también esta oferta tramposa: el capitalismo, pese a su ferocidad, se hace pasar por el más prudente de los sistemas para exigir legítimamente prudencia a todos los que domina. Prudencia, resignación, mesura y demás actitudes de este tipo han sido profesadas siempre como las más altas virtudes por todos aquellos sistemas que han identificado el riesgo que les significa un deseo verdaderamente apasionado. Eduardo es un convencido de que en un mundo injusto una vida tranquila es inmoral; ante la tentadora oferta del mundo de una serena vida ascética, él ha elegido una vida regida por la voluptuosidad de su deseo estético, ha hecho suya la máxima clásica de hacer de la propia vida una obra de arte.

La convicción política a Eduardo no le viene pues dada de la linealidad que los hechos del mundo ofrecen —si así fuera de seguro habría declinado en el camino como muchos de sus compañeros—, lo que ha permitido que su lucha, en lugar de menguarse con los años, se haya ennoblecido ha sido la osadía de ese deseo estético. El arte no toma sus reglas de la lógica de los hechos sino más bien de lo que los hechos esconden. El artista tiene la virtud de ver la verdad más allá de los hechos y de redimir esa verdad a través de la forma estética. Cada palabra de Eduardo es redentora: está cargada de esa fuerza portentosa que salva la verdad.

Sólo es bella una sociedad justa, mientras esa sociedad no exista, la belleza será la promesa de esa justicia. La estética no es una esfera independiente del mundo: es tan necesaria la estética para conquistar la libertad como la política para conquistar la belleza. ‹‹ La libertad política —dice Schiller— es la obra de arte más perfecta ››. Poesía y política, estética y ética; la praxis de Eduardo es para nosotros testimonio de que los mundos subjetivo y social, lejos de repelerse, se necesitan mutuamente. Eduardo encarna la figura del artista comprometido que sabe que su arte es suyo y de la humanidad, motivo por el cual hace de su talento una fuerza revolucionaria.

Desde el Centro de Estudios Estanislao Zuleta elogiamos la vida de este hombre y deseamos reconocer su lucha, su obra y su compromiso con el legado de Estanislao Zuleta nombrándolo Miembro Honorífico de nuestra organización. Deseamos que este reconocimiento dé a Eduardo la certeza de que su lucha no se agota con él, que esta modesta organización la recibe y la hace suya; de nuestra parte asumimos con este nombramiento la responsabilidad de estar a la altura de tan admirable subjetividad.

Asesinato de Yuliana Samboni

El Centro de Estudios Estanislao Zuleta hace suyas las palabras de La Organización Nacional Indígena de Colombia y rechaza rotundamente el crimen contra Yuliana Samboni. ¡NI UNA MENOS!

ONIC RECHAZA TORTURA, VIOLACIÓN Y VIL ASESINATO DE LA MENOR YANACONA YULIANA SAMBONI MUÑOZ

La Organización Nacional Indígena de Colombia – ONIC, repudia el atroz crimen contra la niña indígena del pueblo Yanacona Yuliana Andrea Samboni Muñoz, quien a sus 7 años de vida conoció la crueldad y la misoginia (odio a las mujeres) producto de una sociedad machista, racista e inequitativa.

Este acto ignominioso ocurre a escasos diez días de haber adelantado múltiples acciones en el marco del Día Internacional de la No Violencia contra las mujeres; y en plena campaña de ’16 días de activismo contra la Violencia de Género’.

Para la sociedad civil, hombres y mujeres indígenas este crimen tuvo efectos devastadores e irreparables en la vida de la niña y su familia, Juliana sufrió tortura y violencia sexual por parte del agresor que cegó su vida, extendiendo este daño irremediable al Pueblo Yanacona, al que le reconocemos su cultura y resistencia por la pervivencia. El dolor de su familia es también el nuestro y sabemos que nada le devolverá la vida, una semilla de vida que apagaron violentamente.

Es por esto que todos los Pueblos Indígenas de Colombia a una sola voz exigimos justicia; no aceptamos argumentos ni acciones que intenten justificar o atenuar este horrendo crimen bajo el diagnostico de salud mental o cualquier otro que conlleve a la impunidad del acto. Por la VERDAD, que permita esclarecer las condicione en las que se dan los hechos. JUSTICIA, castigo ejemplar condenando a los responsables a la máxima pena por estos hechos. REPARACIÓN para la familia y MEDIDAS para que el Estado Colombiano garantice la no repetición de estos horribles actos sobre la vida de ninguna niña o mujer y para que los pueblos indígenas no tengan que abandonar sus territorios en búsqueda de mejores condiciones de vida o huyendo de la violencia.

Instamos a la Fiscalía General de la Nación; realizar las acciones pertinentes de investigación judicial para la custodia de las pruebas y que el caso de la menor Yanacona Juliana Andrea Samboni Muñoz no quede en la impunidad como muchos casos más de feminicidio, teniendo en cuenta el poder que ostenta el sospechoso y su familia.

Muerte de Fidel Castro

Fidel Castro

Ahora el mundo burgués y sus epígonos de todo tipo y pelambre – académicos mandarines, periodistas acomodados, todos a una publicistas del sistema social dominante – harán con la muerte de Fidel lo que siempre gustan de hacer cada que muere un gran personaje que ha tenido la osadía de combatir el orden de cosas reinante, es decir, el capitalismo craso y despiadado: lo desocializarán, lo deshistorizarán y lo despolitizarán, reduciéndolo todo a un asunto personal del gran líder, a sus propósitos, intenciones y capacidades, para terminar donde siempre les encanta llegar y que les permite escamotear el análisis social: el juicio moralizante. Entonces, mediante este vulgar paso de mano, ya sabemos lo que se dirá, llenando páginas y páginas de prensa, horas y horas radiales, canales y canales telemáticos: Fidel un sátrapa, un dictador embebido en su poder y entregado al goce de oprimir a su pueblo por la simple determinación de su espíritu tiránico. Listo, nada de lo social se interroga, nada de esto se pone en cuestión, el asunto es muy simple: un individuo de ambición perversa por el poder arrastró a su sociedad al desfiladero del totalitarismo. La solución está a la mano: muerto el cruel sólo resta que Cuba retorne al mercado, emblema de “la libertad y el desarrollo” que desde hace 250 años promete – sin cumplirlo – el sacrosanto mundo burgués. De antemano da náuseas esta avalancha de “análisis” que nos aguarda por estos días y los “sesudos” comentarios de los cancerberos universitarios y mediáticos del orden establecido.
En consonancia con esto, nos corresponde a quienes no jugamos este juego justipreciar la figura y el papel de Fidel como un hombre de gran talla que enfrentó valientemente al capitalismo omnipotente, evaluación del cometido de Fidel que, sin menoscabo de opciones erróneas que haya tomado y de las cuales ha de hacérsele responsable, tiene que inscribirse en un contexto social, histórico y político, no sólo nacional sino internacional, pues las decisiones de un dirigente no responden a su mera voluntad y capricho, esto es, no es por un gesto individual que se llevan a cabo, por el contrario, sus movimientos y acciones se despliegan según la correlación de fuerzas sociales, intra e internacionales, que determinan su margen de movimiento y decisión. Recordemos y destaquemos críticamente la figura de Fidel, sin incurrir en el tergiversador “análisis” de los moralizantes de turno, sacando a relucir lo que estos gustan de encubrir en su apología del capitalismo: que la feroz y despiadada posición del imperialismo norteamericano ( igual que lo había hecho con Jacobo Arbenz en Guatemala o con Salvador Allende en Chile, por mencionar dos de su largo prontuario de intervenciones “democráticas” consumadas a sangre y fuego para defender la libertad burguesa de “acumular, acumular, acumular” ) y de sus países áulicos en América ( entre los cuales nuestro país fue uno de los que más rápida y dócilmente se arrodilló ante el mandato norteamericano ), limitó y deformó grandemente el margen de opciones económicas, sociales y políticas de que dispusieron los revolucionarios de Sierra Maestra.
Que ahora el imperialismo, sus países lacayos ( ¡ay, Colombia!) y sus corifeos académicos y mediáticos, no nos distraigan de hacer una ponderada evaluación crítica del papel histórico jugado por un hombre del que, por lo pronto, se puede decir que en materia de dignidad, compromiso y coraje social, está a años luz de los Laureano Gómez, Alberto y Carlos Lleras, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay, Misael Pastrana (padre e hijo, la misma calaña), Juan Manuel Santos y (dejando de mencionar una larga lista que caben aquí) el epítome de todos: el impresentable y avergonzante Álvaro Uribe, personajes estos que no representan sino la furia que los dioses quisieron descargar sobre nuestro atribulado país por algún ignoto crimen que cometimos en el albor de los tiempos. Fidel merece que tengamos con él la exaltación de una memoria crítica que se oponga frontalmente a quienes aprovecharán su muerte para, de manera simplista, defenestrar su recuerdo y el ecuánime reconocimiento que por siempre le deberemos.

Carlos Mario González
Director del Centro de Estudios Estanislao Zuleta (CEEZ)

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