Ciclo El Hombre sin Atributos

La lectura El hombre sin atributos inició en 2007 y finalizó en 2015. En 2007, como iniciativa de algunos asistentes de este seminario y de su director, Carlos Mario González, se fundó la Corporación Cultural Estanislao Zuleta, de la cual éste fue miembro hasta 2015. El Seminario permanente continúa el estudio de obras de literatura universal articulado a la labor del Centro de Estudios Estanislao Zuleta, organización independiente de Corpozuleta.

Las memorias que se presentan a continuación son el producto de cada sesión del seminario, realizado con los miembros de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta.



Sobre El Hombre sin Atributos
(A los 100 años del nacimiento de Robert Musil)

Desde 1920, Robert Musil trabajaba en su obra magna, una descomunal y ambiciosa novela —quizás la más ambiciosa— sobre el espíritu humano: El hombre sin atributos, que se constituye en una búsqueda sobre lo que le queda a la criatura humana, arrojada e indefensa ante la vastedad insondable del universo, cuando es despojada de todo referente milenario, de todo padre incuestionable, de toda creencia tranquilizadora, de todo mito ordenador. “Dios ha muerto”, y la ciencia ha hecho de las suyas para desacralizar el mundo de los mortales. Un lector ligero podrá decir que dedicó su obra a hacer burla de las maneras en que el ser humano enfrenta la muerte, el amor, la sexualidad, la amistad, la vida en la ciudad, las causas existenciales, los grandes ideales, etc., pero no sería del todo cierto: el escritor austriaco dedicó su vida a indagar con gran profundidad el sinsentido que reposa en el fondo de toda construcción humana, coqueteando frecuentemente con el cinismo, pero sin llegar a abrazarlo nunca.

La novela se desenvuelve en el escenario de Kakania, una ciudad inventada que se asemeja a la Viena de principios del siglo XX. El primer capítulo ya es premonitorio y crítico: la descripción y enumeración de un sinfín de datos técnicos y medidas estadísticas que dan como resultado la expresión “un bello día de agosto de 1913”, en que un accidente sin trascendencia tiene lugar, resultado así un hombre tendido en la calle, atropellado por un camión, que pasa a nutrir los registros de alguna entidad de control sobre tráfico, accidentalidad y mortalidad vial. Cerca del lugar donde acontece el siniestro se encuentra Ulrich, hombre de unos 32 años, calificado como “el hombre sin atributos” y protagonista de esta novela. Se nos presenta como como el habitante de tres tentativas para constituirse en un hombre distinguido: el mundo militar de la caballería, el conocimiento técnico de la ingeniería mecánica y posteriormente la matemática. Ninguno de estos caminos concita su deseo, reconociendo que en ellos se presenta una escisión entre el conocimiento y la vida, como lo muestran sus colegas ingenieros, para quienes la relación con el saber y el ingenio termina en el momento en que dejan reposar el martillo y las tuercas. La sociedad lo abala con intensidad y decisión: «un campeón de boxeo y un caballo superan a un gran intelectual en que su trabajo puede ser medido sin discusión, y el mejor entre ellos es reconocido como tal por todos». Lo que no puede ser medido y presentarse en cifras ha de ser desechado. Ulrich, el pensador escéptico, sistemático y reflexivo, puede tomarse como alter ego del autor, «viendo hacia atrás las ruinas, y hacia adelante el abismo», preguntándose con insistencia si es posible vivir tal como se piensa, si es posible una vida auténtica. Una docena de personajes configura esta novela, siendo cada uno tan humano y falible en sus proceder como cualquiera de los lectores, dejando en permanente demostración las cobardías y valentías de su propia existencia, la simultánea decisión por el titán y el olímpico, la desenvoltura en las peripecias y tribulaciones de la esquizoide relación entre los grandes ideales y las acciones cotidianas.

Musil moriría un 15 de abril de 1942 dejando una novela inacabada y probablemente interminable, una gigantesca y monstruosa empresa cuyo objetivo máximo es el de horadar cualquier piso mediamente firme en que el ser humano pueda depositar cualquiera de sus esperanzas para hacer “una vida que alguna cosa valga”. No hay tranquilidad posible al leer tal novela, no hay sosiego que resista los crueles planteamientos que se desenvuelven a manos de los personajes, no hay certeza humana que sobreviva a El hombre sin atributos. Acaso, como alguien dijo una vez, en lugar de recomendar su lectura, cualquier persona decente debería en su lugar dar de una vez el golpe el pleno rostro, pues el moretón pasa con el tiempo, mientras que la historia de Kakania y de Ulrich se convierte en parte del pensamiento, de los ojos y de la carne. Es una batalla dolorosa en cuyo campo se divisan permanentemente a los desertores, mientras que los valientes notan lentamente, con angustia e impotencia el desmoronamiento de sus verdades. Es un libro que sin vacilación y sin clemencia parece proponerle al lector un juego macabro: “¿qué tanta incertidumbre eres capaz de soportar?”.

Siempre supo Musil que no sería leído por millones, y probablemente su novela estaba escrita para alcanzar esta intención. Es este, pues, un sencillo intento de que la muerte de este hombre no pase desapercibida. Es momento, de nuevo, de llorar con amargura su partida y agradecer con tormento su obra.