Muerte de Fidel Castro

Fidel Castro

Ahora el mundo burgués y sus epígonos de todo tipo y pelambre – académicos mandarines, periodistas acomodados, todos a una publicistas del sistema social dominante – harán con la muerte de Fidel lo que siempre gustan de hacer cada que muere un gran personaje que ha tenido la osadía de combatir el orden de cosas reinante, es decir, el capitalismo craso y despiadado: lo desocializarán, lo deshistorizarán y lo despolitizarán, reduciéndolo todo a un asunto personal del gran líder, a sus propósitos, intenciones y capacidades, para terminar donde siempre les encanta llegar y que les permite escamotear el análisis social: el juicio moralizante. Entonces, mediante este vulgar paso de mano, ya sabemos lo que se dirá, llenando páginas y páginas de prensa, horas y horas radiales, canales y canales telemáticos: Fidel un sátrapa, un dictador embebido en su poder y entregado al goce de oprimir a su pueblo por la simple determinación de su espíritu tiránico. Listo, nada de lo social se interroga, nada de esto se pone en cuestión, el asunto es muy simple: un individuo de ambición perversa por el poder arrastró a su sociedad al desfiladero del totalitarismo. La solución está a la mano: muerto el cruel sólo resta que Cuba retorne al mercado, emblema de “la libertad y el desarrollo” que desde hace 250 años promete – sin cumplirlo – el sacrosanto mundo burgués. De antemano da náuseas esta avalancha de “análisis” que nos aguarda por estos días y los “sesudos” comentarios de los cancerberos universitarios y mediáticos del orden establecido.
En consonancia con esto, nos corresponde a quienes no jugamos este juego justipreciar la figura y el papel de Fidel como un hombre de gran talla que enfrentó valientemente al capitalismo omnipotente, evaluación del cometido de Fidel que, sin menoscabo de opciones erróneas que haya tomado y de las cuales ha de hacérsele responsable, tiene que inscribirse en un contexto social, histórico y político, no sólo nacional sino internacional, pues las decisiones de un dirigente no responden a su mera voluntad y capricho, esto es, no es por un gesto individual que se llevan a cabo, por el contrario, sus movimientos y acciones se despliegan según la correlación de fuerzas sociales, intra e internacionales, que determinan su margen de movimiento y decisión. Recordemos y destaquemos críticamente la figura de Fidel, sin incurrir en el tergiversador “análisis” de los moralizantes de turno, sacando a relucir lo que estos gustan de encubrir en su apología del capitalismo: que la feroz y despiadada posición del imperialismo norteamericano ( igual que lo había hecho con Jacobo Arbenz en Guatemala o con Salvador Allende en Chile, por mencionar dos de su largo prontuario de intervenciones “democráticas” consumadas a sangre y fuego para defender la libertad burguesa de “acumular, acumular, acumular” ) y de sus países áulicos en América ( entre los cuales nuestro país fue uno de los que más rápida y dócilmente se arrodilló ante el mandato norteamericano ), limitó y deformó grandemente el margen de opciones económicas, sociales y políticas de que dispusieron los revolucionarios de Sierra Maestra.
Que ahora el imperialismo, sus países lacayos ( ¡ay, Colombia!) y sus corifeos académicos y mediáticos, no nos distraigan de hacer una ponderada evaluación crítica del papel histórico jugado por un hombre del que, por lo pronto, se puede decir que en materia de dignidad, compromiso y coraje social, está a años luz de los Laureano Gómez, Alberto y Carlos Lleras, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay, Misael Pastrana (padre e hijo, la misma calaña), Juan Manuel Santos y (dejando de mencionar una larga lista que caben aquí) el epítome de todos: el impresentable y avergonzante Álvaro Uribe, personajes estos que no representan sino la furia que los dioses quisieron descargar sobre nuestro atribulado país por algún ignoto crimen que cometimos en el albor de los tiempos. Fidel merece que tengamos con él la exaltación de una memoria crítica que se oponga frontalmente a quienes aprovecharán su muerte para, de manera simplista, defenestrar su recuerdo y el ecuánime reconocimiento que por siempre le deberemos.

Carlos Mario González
Director del Centro de Estudios Estanislao Zuleta (CEEZ)

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