Prólogo – Tercer Cuaderno del CEEZ para la reflexión y la crítica

Publicamos el tercer número de los Cuadernos del Centro de Estudios Estanislao Zuleta para la Reflexión y la Crítica en medio de la efervescencia de la coyuntura electoral para el 2018. En un momento como éste, pese a que hay quienes pregonan satisfechos las bondades de nuestra democracia, se hace más que evidente la precariedad de ella, no sólo porque se pasea ante nuestros ojos el sombrío repertorio de artimañas, al que apelan los nefastos políticos que controlan y han controlado por tradición el aparato estatal; ni por coincidir estos días con el momento en que la derecha más mezquina, en empecinada continuidad con las actitudes que han alimentado la guerra en nuestro país, pone palos en la rueda a la implementación de los acuerdos de paz, entre cuyos propósitos está precisamente la apertura democrática; ni porque se mantenga sobre los líderes sociales el asedio de la muerte; ni porque el maridaje viciado entre políticos y empresarios tenga al país apestado en la podredumbre de la corrupción; ni porque los medios de comunicación funcionen en no pocas ocasiones como portavoces y apologistas de los grandes poderes; todo eso es cierto y suficiente para poner cuando menos en duda las representaciones más idílicas de nuestra propia situación, pero el hecho que más definitivamente marca la dificultad para conquistar una democracia que vaya más allá de lo formal, y que en parte explica que todo lo antedicho ocurra sin mayor conmoción, es que en Colombia el único protagonista posible de la democracia, que es un pueblo cualificado y dispuesto para ella, está aún por forjarse.

Y la precariedad de la democracia expresada en la ausencia del sujeto colectivo llamado a materializarla se hace más evidente en estos tiempos, no porque en la supuesta fiesta de la democracia, que para algunos se celebrará en las jornadas electorales, se defina cuán profunda o sólida es la democracia misma —cosa que no es cierta—, sino porque la atención que se presta a este acontecimiento hace que sean más visibles las falencias siempre presentes, pero que en otros momentos están en sombras.

Asistiremos entonces al desfile de las medias verdades, las abiertas mentiras o las patrañas y montajes  más extravagantes (como ocurrió con la campaña que dio triunfo al NO en el plebiscito del 2016) con los que los candidatos de las tradiciones más perversas de la política nacional, asesorados por expertos mercachifles de la demagogia, buscarán aventajar a sus contradictores decentes con la confianza de encontrar buena recepción en el pueblo incauto y dócil, y muy posiblemente la encontrarán, contando incluso con adherentes fanáticos.

Asimismo habrá quienes ganados por la apatía, procederán como si nada importante estuviera en juego ese día y dejarán pasarlo como si de una fecha cualquiera se tratase, dedicándose mejor a los asuntos de su incumbencia personal antes que comprometer una migaja de su tiempo en el minúsculo pero significativo acto de votar. Lo más grave es que su apatía de la jornada electoral es la apatía de todos los días del año.

Veremos a quienes con fervor se den a la tarea de elegir su mejor candidato, animados por una sincera esperanza en la idoneidad de éste y convencidos de la relevancia de su sufragio para incidir en los destinos de la sociedad, pero su optimismo electoral pasará hacia la inactividad terminados los comicios, por lo cual toda su buena voluntad quedará disuelta en una delegación que las más de las veces no se aviene con las expectativas depositadas en ella.

Estarán también quienes apercibidos en mayor o menor medida de las pestes que nos asolan y críticos frente ellas, han abdicado de la posibilidad de confrontarlas y de luchar por una sociedad que no quede a merced de las mismas. Entonces, sin importar si voten o no, observarán desde el hastío inmóvil cómo las cosas oscilan de lo malo a lo peor. Éste es un escepticismo estéril porque no hace de la inconformidad un acicate para la acción creadora en aras del cambio, sino que traduciéndola a la quietud, la hace inofensiva al estado actual de las cosas que la generan.

Y finalmente están quienes venderán su voto, que ya sea por penuria espiritual o material, en general son proclives a la venalidad, a vender su conciencia y serán presa fácil de las maquinarias de ciertos políticos que, pese a ser los peores, lograrán su elección comprándola con dineros de oscura procedencia. Por supuesto, la situación de quienes viviendo con relativa holgura ceden ante la malsana oferta es diferente a la de aquellos otros que no pueden pensar ni en la democracia, ni en el bien común, ni en una mejor sociedad porque su prioridad está en llenar el estómago, en resolver la incertidumbre y la angustia de su sobrevivencia en los días por venir; y la situación de ellos es de nuevo un mentís a quienes —en un país como el nuestro, que por sus altos niveles de pobreza y desigualdad siempre ocupa puestos de deshonra en las clasificaciones internacionales al respecto— se envanecen de su tradición democrática, ya que sin un mínimo de bienestar, la libertad, la voluntad y el juicio para decidir y participar con relativa independencia quedan en vilo y a merced de las asimetrías propias de una sociedad como la nuestra.

La democracia, más allá de ciertas leyes, instituciones y procedimientos, es solamente un nombre seductor cuando el pueblo no está implicado en la determinación efectiva de su propio rumbo y se mantiene sumido inercialmente a los poderes que a nombre de representarlo, lo manipulan y esquilman a voluntad, mientras le administran dulces placebos como solución a sus padecimientos colectivos. La construcción de la democracia exige la participación del pueblo en favor de los intereses colectivos, una participación que no sea la de una masa borreguil e incauta, aunque esté guiada por líderes iluminados y benévolos —sabemos que la mayoría de la veces no es así—, sino una intervención consciente propiciada por el entendimiento de la realidad que vivimos, de nuestro lugar actuante como conocedores de los problemas que nos afectan y degradan la existencia de todos al disminuir sus posibilidades de realización, para lo cual se requiere que sepamos identificar las causas de esos problemas y proyectar las conquistas a llevar a cabo en los distintos niveles que nos involucran como conjunto o allí donde la opresión, la exclusión o la miseria mortifican a los vulnerables de cualquier sector social pese a que no sea alguno de nosotros el directamente afectado.

Para la construcción de la democracia se necesita que cada quien adquiera una voz propia dispuesta para el diálogo, la argumentación y la controversia; se necesita escuchar todas las voces silenciadas; se necesita aprender a unir fuerzas con los otros reconociendo hasta dónde van nuestras capacidades y cómo se pueden fortalecer; se necesita también la capacidad de reconocer quiénes son los adversarios, aquellos que se oponen al bien común en virtud de su beneficio exclusivo instrumentalizando a las personas, degradándolas o engañándolas; se necesita reconocer cuáles son los factores de sostenimiento y reproducción de los poderes que nos oprimen, explotan, someten y manipulan para oponerles las fuerzas que luchan por un mejor horizonte.

La idea de que el pueblo pueda autodeterminarse no quiere decir que no se darán contradicciones, la democracia no es un idilio o un mundo plácido de consensos y armonías, que supondría la homogeneidad, el unanimismo o la supresión de la diferencia, puesto que el conflicto es consustancial al vínculo social y no es en la democracia donde desaparece, sino en las sociedades totalitarias o adormecidas donde se logra la estabilidad mediante la fuerza o el adoctrinamiento.

Pero ¿cómo es posible entonces transformar una situación en la que el pueblo está ganado por la ingenuidad y la docilidad, por la apatía, el entusiasmo inactivo, el escepticismo estéril, la venalidad o cualquier otra actitud que redunde en la adaptación y en la parálisis necesarias para que la realidad en la que vivimos permanezca inalterada?

Viviendo en un medio en el que la violencia, la desigualdad, la corrupción, la antidemocracia, la precariedad hacen parte empecinada de nuestra realidad, sin que su resolución sea algo que se avizore, es estimable que haya quienes no han arriado su bandera de esperanza y se sostengan en las luchas por conquistar un modelo de sociedad donde la dignidad de todos los seres humanos no sea una consigna eternamente traicionada; ante una realidad que golpea tan concretamente nuestras vidas, no cabe duda del mérito e imprescindibilidad de las batallas sociales, políticas, económicas y de otro tipo que aspiran a la conquista de mejores condiciones materiales, pero la lucha por mejores condiciones materiales para todos es insuficiente y pobre si excluye de sus propósitos la lucha por mejores condiciones para potenciar el pensamiento, la cultura y la vida en todas sus dimensiones, y todavía más insuficiente y pobre si la potencia del pensamiento, el conocimiento y la cultura está excluida de los medios que han de emplearse en aras de la consecución de otro modelo de sociedad, pues ahí está precisamente la posibilidad de que las multitudes que hoy son sujetadas a voluntad de minorías puedan asumir un lugar de autodeterminación. A propósito de esto último, Estanislao Zuleta decía las siguientes palabras:

La democracia crece cuando crece la cultura y la capacidad de decidir es mayor y más eficaz. La capacidad de participar, de inventar, de producir organizaciones, de intervenir sobre la historia o sobre la economía crece a medida que crece la cultura[1].

Dicho de otra forma: los sentidos y experiencias múltiples a los que se abre el ser humano en la producción y en el acceso a los distintos bienes espirituales y materiales con los que enaltece su existencia, tienen un efecto favorable para la vida democrática y aunque la creación y el acceso generalizado a la cultura y al conocimiento no hacen per se a la democracia, ésta sí es imposible en medio de la ignorancia. El conocimiento se puede amasar para alimentar la vanidad, la fanfarronería, para aumentar el estatus y la distinción social, para ensanchar la hoja de vida; y nada de eso hará que colectivamente vivamos mejor, pero también se puede cultivar para favorecer una mayor sensibilidad, una mayor reflexión, una mayor apertura a la diferencia, una mayor suspicacia y un mayor criterio; con todo lo cual se estará cultivando al mismo tiempo la democracia.

Y no podemos esperar a que la consecución de ese objetivo fundamental en procura de un cambio en nuestra realidad venga de la mano de los agentes e instituciones con más capacidad para lograrlo y me refiero específicamente a los grandes medios de comunicación, a la escuela y a la universidad —que es a la que más se le rinde devoción—, pues si en ellos, tal como ahora operan, se deposita tal aspiración, lo que podemos esperar es lo que hasta ahora hemos obtenido: la indolencia, la ignorancia generalizada frente a los problemas fundamentales, la manipulación o la adaptación de las mayorías frente al orden social que padecemos.

No se trata de desdeñar la universidad como escenario para las luchas sociales por la democracia en sentido amplio, pero de mantenerse su tendencia a generar el ensimismamiento y la retirada de la inteligencia, del pensamiento y de la cultura de los ámbitos de acción extrauniversitarios (o sea los distintos espacios de la vida social donde está en juego la cualificación y participación del pueblo) tal como ahora ocurre con el predominio del academicismo, estamos condenados, por más que haya una pléyade de sapientes en las universidades, a que el dominio de nuestra conciencia como pueblo esté ganado por las fuerzas del inmovilismo cuyos privilegios se mantienen más estables si se asientan sobre la ruina espiritual y cultural de los que nunca han tenido acceso a una formación que medianamente interrogue la realidad que vivimos.

Considerando entonces la necesidad de una lucha cultural como parte de la lucha por la democratización, y los límites de los espacios institucionales para la circulación y creación de un pensamiento emancipador en aras de la conformación de un pueblo que pueda ser agente de transformaciones, hay que insistir en la necesidad de los escenarios y procesos de formación independientes pensados para favorecer la reflexión crítica sin las restricciones elitizantes propias de la academia.

Entre todos los espacios de ese tipo que pueden y deben existir, el Centro de Estudios Estanislao Zuleta con las modestas acciones que lleva a cabo —incluidos estos cuadernos— propugna la potencia que aguarda en el conocimiento vivo, dispuesto al entendimiento de nuestras realidades personales y sociales; pero este entendimiento que se apoya en el estudio y la difusión del marxismo, el psicoanálisis, la filosofía, la literatura y los saberes humanos y sociales, cobra su pleno sentido sólo al integrarse a las búsquedas por una sociedad más democrática en lo social, en lo político, en lo económico y en lo cultural.

Los textos que publicamos en este tercer número de los Cuadernos del CEEZ para la Reflexión y la Crítica tienen que ver con la filosofía, la historia y la literatura, y más allá de sus diferencias, están guiados por la convicción común de que la búsqueda de una mejor existencia, tiene como condición la reflexión implacable sobre lo que somos y la proyección de lo que queremos ser como individuos y como sociedad.

En primer lugar, el texto Una mirada a las mujeres de Don Quijote de La Mancha de Vincent Restrepo hace un análisis de algunos personajes femeninos de la novela de Cervantes que merecen atención porque son las que, corriendo el riesgo de la censura, la incomprensión, el descrédito o el fracaso, asumieron la dificultad de tomar la vida en sus manos afirmando su soberanía en confrontación con los mecanismos de sujeción que restringían sus posibilidades de ser, y a partir de este elemento común en los personajes que explora, el autor hace una reflexión sobre la condición de las mujeres en su relación con los hombres y en las distintas facetas de su existencia, como el deseo, el amor, la sexualidad, la moral que las rige, las imposiciones sociales que pesan sobre ellas, su autonomía y su libertad.

Por su parte Santiago Alarcón nos propone, con su texto A cien años de la osadía bolchevique, pasar revista a la articulación novedosa entre teoría y acción que efectuaron los revolucionarios rusos y sin la cual no les hubiera sido posible tomar la historia por asalto. Según el esquematismo y la ortodoxia reinantes para entonces, un país como Rusia, donde el capitalismo no había barrido la polvorienta sociedad feudal y en consecuencia el campesinado y no el proletariado era el elemento social predominante, estaba inmaduro para la revolución socialista. Entonces la osadía bolchevique no sólo consistió en la audacia política que condujo a la victoria, sino también en su desacato a esa dogmática abstracta que se apoyaba más en fórmulas inamovibles que en las condiciones sociales y políticas reales por las que pasaba el pueblo ruso; esto no supuso una deriva empirista por la cual se abandonaría el marxismo, sino que se trató de una “transgresión creadora” que al tiempo que vivificaba esta teoría, la puso al servicio de su objetivo fundamental: la emancipación social.

Finalmente, Carlos Mario González en su artículo Pensar la muerte se aplica a una reflexión sobre ese asunto tan presente, como habitualmente desatendido, que es el final inapelable de la existencia personal, no para preguntarse por lo que viene cuando de la existencia de cada quien en el mundo sólo quede su cadáver, algún recuerdo en la memoria de aquellos a quienes logró impactar y que le sobreviven, y acaso alguna obra más o menos perdurable, sino para que ante esa nada insondable que tendremos como destino final, tomemos en serio el ejercicio de pensar la vida en aras de hacer con ella lo mejor posible, lo más potente, lo más significativo que esté a nuestro alcance (sin desconocer que el capitalismo reduce abismalmente las posibilidades para unos mientras confiere privilegios a otros); es decir, de forjarnos un destino que no desmerezca del prodigio de existir del cual gozamos. Desatender esa responsabilidad con la propia vida sería abdicar de nuestra libertad y, en últimas, dilapidar irrecuperablemente la vida misma.

¿Se puede vivir bien pensando mal?, se pregunta Carlos Mario González en su texto, es decir, ¿se puede vivir irreflexivamente sin que se menoscabe gravemente la existencia? No. En consecuencia, si vivir mejor personal y colectivamente es la finalidad de la participación democrática, y si la literatura es una posibilidad para sentir en nosotros el intenso tacto de las verdades más profundas, más íntimas de la condición humana; si la filosofía es un compromiso del pensamiento para desentrañar esas verdades; si la historia y la política permiten reconocer que el presente que tenemos no es un destino inexorable porque lo que hemos sido y lo que somos como sociedad no está terminado; y si el conocimiento de lo social y lo humano sirve para descubrir nuestro lugar en el mundo, para reconocer a los otros y para hacernos más autónomos y más críticos, entonces se podrá decir sin ninguna duda que todos estos saberes son sustancias nutricias para la democracia, siempre y cuando sean una posibilidad para las mayorías sociales, y no un privilegio del que sólo gozan unos cuantos.

[1] ZULETA, Estanislao. La democracia y la paz. Conferencia al M-19 en Santo Domingo, Cauca, mayo 1989. En: Colombia: Violencia, democracia y derechos humanos. Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2008, p. 22.

Mateo Cañas
Miembro de Centro de Estudios Estanislao Zuleta