Comentario crítico al texto Elementos de epistemología de Jacques Alain Miller

Miller plantea que la teoría del conocimiento y las relaciones que tienen los sujetos con el conocimiento han estado atravesadas por un ideal: el ideal de la complementariedad. Este paradigma se puede rastrear en pensadores como Aristóteles, quien consideraba que cada objeto de la naturaleza estaba ordenado con un fin específico. Todo lo que existe, existe para algo, todo tiende hacia un fin, hay una causa final inmanente a cada objeto. Por ejemplo, para Aristóteles los esclavos existen porque los instrumentos no pueden cumplir por sí mismos su cometido, «si las lanzaderas tejieran solas y los plectros tocaran la cítara, los constructores no necesitarían ayudantes ni los amos esclavos»1. En consecuencia, hay una obra común cuando uno manda y otro obedece, hay amistad recíproca entre el amo y el esclavo. La misma lógica lo lleva a pensar que, así como los esclavos son necesarios y armonizan con su amo, la mujer existe por naturaleza para complementar al hombre. Si la mujer tiene un útero está por tanto destinada a la maternidad: siendo madre es como ella se realiza. El espacio privado le pertenece, así como al hombre le pertenece el espacio público en tanto su función es realizar a la razón. La sexualidad tiene como finalidad la reproducción, en tanto que los órganos sexuales se complementan. Pero más que eso, este ideal de la complementariedad se extiende también al vínculo amoroso. El amante considera que su amado suple su falta fundamental, que ha encontrado el objeto que le complemente; pero, lo cierto, y no tardará en comprobarlo, es que no hay objeto que llene de dicha al sujeto, porque aquellos que aparecen en su camino son ecos de ese objeto primigenio perdido para siempre.
Ahora, para Miller la ciencia es la que quiebra el paradigma que suponía una armonía entre el sujeto que conoce y el objeto conocido y que había guiado las relaciones con el conocimiento. Esto llevó a Lacan a formular la tesis de que «la mujer no existe», es decir, no existe un objeto que pueda ser develado a cabalidad por un sujeto conocedor. Ahora el objeto se presenta como algo parcialmente inasible. La ciencia entonces permite al sujeto ser consciente de que existe un lado oscuro de la luna que jamás conocerá, y aún más, que desconoce lo que ni siquiera sospecha que existe. Es este el advenimiento de lo real para el ser humano. Mejor dicho está en palabras del poeta Carlos Framb: «Más de setenta veces siete dimensiones tiene el Cosmos: otras tantas perspectivas que me impiden ver mis ojos, otros ámbitos que ni alcanzo a imaginar que no imagino, otros seres que no sé que no sabré. Tanto espacio exorbitante de indecible y fabuloso acontecer, tanta incierta realidad donde se invierten acaso nuestras leyes, donde el efecto precede a la esperada causa y acaba de volver quien no partió… Tanto mundo por siempre virgen a la huella, a la mirada, aún a la imaginación; tanto mundo en que no he sido nunca, ni seré»2.
El enfoque científico impone entonces una desexualización del abordaje del mundo. La ciencia se construye cuando se desprende del sentido imaginario que se le asignaba a todo y vacía de sentido los fenómenos. Miller cita un ejemplo extraordinario que quiero repetir: sólo cuando desaparece la construcción imaginaria a la que estaban asociados los astros es cuando puede formularse un modelo elíptico del universo. Kepler consideraba que el círculo, y no la elipse, era la forma perfecta y, en consecuencia, el universo debía configurarse de esa manera; pero los datos y las observaciones que hacía no se correspondían con la imagen que se había hecho de él. En efecto, el universo se organiza con base a leyes, con base a una red articulada de significantes, que la ciencia intenta conocer, pero que no son en absoluto la expresión de Dios. El universo ya no es la creación de un gran Otro divino.
Con todo, la ciencia no es tan atea como se cree porque supone que hay un saber en lo real. «De tal modo aviene el ruiseñor su cuerpo a la precisa densidad del aire, que el más leve movimiento suyo es perfecta acrobacia y tenue danza»3, dice el poeta. Pero, ¿cómo ha sabido el ruiseñor esa danza? Ese enigma pone a Dios en el horizonte de la ciencia.: alguien o algo ha trazado con precisión esas leyes que son el objeto de estudio de la ciencia, algo o alguien es origen de esa trama inacabable. Ahora, si en ese sentido, para la ciencia Dios es expresión de un orden simbólico, como respuesta a los enigmas del mundo es expresión de lo imaginario: si donde falta la palabra en el sujeto, viene el síntoma; se podría decir, quizás abusando de los conceptos, que el mito es el síntoma de las limitaciones del conocimiento, en tanto es una construcción imaginaria que nace de la imposibilidad de llegar a una explicación causal de ciertos fenómenos. Por ejemplo, como la ciencia no puede preguntarse por la génesis del lenguaje y de las lenguas, en plural —aunque sería mejor decir que puede preguntarse, pero no puede responderse—, el mito de la Torre de Babel fue una respuesta de lo imaginario a ese gran misterio. Ahora, ¿qué relaciones se pueden establecer entre un saber como el psicoanálisis y los postulados científicos? El psicoanálisis busca dar un orden explicativo y demostrativo a fenómenos que se respondían desde la metafísica. No obstante, así como la ciencia no puede deshacerse por completo de la idea de Dios, el sujeto tampoco puede hacerlo, en la medida en que hay en él una dimensión psíquica, el inconsciente, que lo determina en función del ordenamiento singular de unos significantes. Por otro lado, la labor del analista se asemeja a la del científico, en tanto que ambos deben vaciar el significante de los significados ya dados. Sólo desde esta posición, el analista puede ayudar al analizante a iniciar ese camino de vaciamiento de los sentidos que le habían acompañado y a la construcción de unos nuevos. El Cosmos tiene un orden que puede conocerse dentro de ciertos límites, y que, sin embargo, no es expresión del sentido habitualmente dado: los significantes que emite el Cosmos no son las palabras de Dios. Los significantes que va dejando el sujeto a medida que avanza su discurso hablan, pero no para decir lo usual.

Alejandra Salazar
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta (CEEZ)

 


1 Aristóteles, Política (Madrid: Editorial Gredos, 1998), 55.

2 Carlos Framb, “Neverlands”, en Un día en el paraíso (Medellín: Editorial Pi, 2007), 61.

3 Ibid, “Pequeño laberinto armónico”, 21.