¿Queréis defender los derechos humanos? ¡Luchad contra el capitalismo! (por Carlos Mario González)

Los seres humanos no le debemos a la naturaleza, a la physis, ser lo que somos como sujetos, como individuos o como sociedades; nuestras formas y contenidos no son provistos por la naturaleza, resultan de las relaciones sociales establecidas en la vida personal y en la vida colectiva. No nacemos humanos por naturaleza, nos hacemos humanos en gracia a entrar en relación con el Otro, relación que determina para nosotros el ineludible lugar de la Ley. Ahora, la expresión ley humana atañe a un imperativo, a un mandato, que no es del mismo tenor que tiene la Ley natural en la naturaleza, pues las leyes humanas son históricas y sociales. Entre nosotros la ley es la mediación entre el individuo y sus semejantes, siendo la expresión paradigmática de ella la que nos constituye como seres del lenguaje y, en tanto esto, seres de posibles, dicho de otra manera, la criatura humana por carencia de una determinación natural y por su constitución en el orden simbólico, es un ser plástico, esto es, un ser de múltiples formas posibles, de manifestaciones plurales, en una palabra, la pluralidad es lo suyo, la singularidad su destino. Somos diversos por humanos, somos humanos en tanto diversos.

Si no hay forma fija y, menos, única, el ser humano despliega su existencia personal y colectiva en el ámbito de lo posible, de donde deriva una pregunta que concierne tanto a lo ético como a lo político: ¿cómo desarrollar lo mejor de sí en el seno de la mejor sociedad posible? Este es, precisamente, el reto que deben encarar los derechos humanos: garantizar las condiciones físicas, materiales, morales e intelectuales requeridas para el desarrollo y la realización del individuo. Dicho lo anterior cabe agregar que los derechos humanos no son un a priori de nuestra especie, no son naturales, son una conquista histórico-social. Siendo así, ¿por qué es necesario conquistar los derechos humanos? Porque en el ser humano hay una pulsión a lo peor, pulsión que cobra su materialización tanto en lo subjetivo —en la expresión personal— como en lo colectivo —en los ordenamientos socio-políticos y económicos—; además, porque por su constitución como sujeto de la Ley el ser humano es estructuralmente conflictivo, valga decir, la armonía absoluta no le es dada como posibilidad en su relación con los demás, así como, dicho sea de paso, tampoco en la relación consigo mismo.

Prosigamos. Si los derechos humanos son, idealmente hablando, el orden social que garantiza los términos para la realización vital de la persona, tiene sentido preguntarse cuáles son las condiciones de posibilidad que el capitalismo, en términos generales, ofrece, más allá del discurso, para la materialización de ellos. Para abordar esta pregunta es menester dejar claro que capitalismo y democracia no son sinónimos, y menos si hablamos de la democracia radicalizada, esto es, expandida y profundizada en lo económico, lo social, lo político y lo cultural. Hay capitalismo sin democracia, como puede haber democracia sin capitalismo, más aún, el capitalismo, por la propia lógica que determina su existencia, basada en la relación capital-trabajo asalariado, en la explotación concomitante bajo la forma de apropiación del plusvalor y en la acumulación ampliada, es progresivamente antidemocrático, pues se enfila en dirección a una imparable concentración del poder. Si contrastamos el capitalismo en su devenir y en su realidad efectiva con los tres ideales que enarboló la Revolución Francesa y en los que se condensan las aspiraciones más propias de los derechos humanos, pues la realización estricta del ideario “Libertad, Igualdad, Fraternidad” cubría las expectativas sociales y humanas de tales derechos, constatamos que el capitalismo más bien los mina y cada vez más los arroja al dominio de lo expresado formalmente y distanciado de su realización efectiva.

Pero conectemos de una vez la afirmación sobre la precariedad en que sume el capitalismo a los derechos humanos —a partir de su imparable proceso de concentración de la riqueza que inevitablemente se traduce en una concentración de poder, y por la ideología individualista que promueve— con lo que algunos sueñan como la solución para superar su reiterado incumplimiento en las sociedades de hoy: la educación, en particular la educación escolar en todos sus niveles. Se señala, pues, a la educación como recurso por excelencia para promover los derechos humanos, la educación en abstracto, como si fuera un ente celestial por encima de la sociedad concreta en la que adelanta su labor. Pero la educación a  la que en la sociedad actual tirios y troyanos le endilgan ser la panacea para todos los males, no hace su labor reducida a la mera comunicación de unos contenidos, cual si bastara para formar a un individuo comunicar una información, pasando por alto que el efecto educativo depende de manera decisiva de otros asuntos que los meramente discursivos que se enuncian en las aulas. Es el engaño en que cae esta sociedad y es el origen del fracaso recurrente en que incurre la escuela actual de cara a formar individuos cuya vida se comprometa con la justicia social, la libertad real y la sensibilidad humana.

Refrendando lo anterior, bastaría con decir que la inmensa mayoría de quienes tienen en sus manos las riendas de conducción del poder político y económico de la actual sociedad, son profesionales graduados según los criterios y modelos escolares establecidos. Para educar no basta con decir algo, pues lo dicho puede estar en radical contradicción con la forma, los modelos y los propósitos que en los hechos efectivos animan la práctica educativa. Insistamos, la educación no se reduce a qué se dice, también depende, y de manera sustancial, del por qué, del para qué, del cómo se educa, pues puede suceder, como pasa efectivamente en la actual sociedad capitalista, que los mensajes dichos se contradigan con los hechos concretos, tal como le señala Kafka a su padre, refiriéndose a lo que sucede cuando se sientan a la mesa: “Mordisquear los huesos estaba prohibido, pero tú no dejabas de hacerlo; no se podía sorber el vinagre, pero tú lo hacías. Lo más importante era cortar en forma pareja el pan, pero el que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa, eso no tenía la menor importancia. Se debía tener cuidado de no dejar caer migas al piso, pero, al terminar la mayor parte de ellas estaba debajo de tu lugar. Una vez sentados a la mesa, sólo era posible dedicarse a comer, pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a los lápices y te limpiabas los oídos con palillos” (Kafka, Franz. Carta al padre. Edicomunicación, Barcelona, 1999). Es simple y contundente el drama del niño Kafka: qué acoge del padre, ¿los enunciados que promulga o la infracción que hace de los mismos? Es lo mismo que pasa con la educación en la sociedad del capital: verbalmente pronuncia el valor de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad, pero en los hechos se educa para asumir dócilmente el mandato empresarial relativo a que el saber y la inteligencia deben estar sólo al servicio de la rentabilidad; que la realización del individuo estriba en el lugar alcanzado en la jerarquía social, siendo la vida más lograda cuanto más superioridad conquiste frente a los demás; que educarse es acendrar el individualismo competitivo, según lo promueve una práctica escolar que riñe con cualquier experiencia relativa a una comunidad intelectual. Más allá de los discursos formales que enuncia, la práctica educativa vigente en la sociedad capitalista promueve un profesional que no pasa de ser un funcionario dócil y acrítico, acuciado por el arribismo y el anhelo de diferenciarse socialmente, entregado a un individualismo feroz que le lleva a representarse al otro como un rival a superar. Estos son los valores que hacen de pilares ideológicos del capitalismo y esta es la educación que en la práctica se lleva a cabo en esta sociedad, más allá de las palabras con las que se adorna.

La conjugación de una sociedad centrada en la voracidad acumuladora, obsesionada con la concentración de poder, con miles de millones de seres sin más opción que someter su capacidad personal productiva a las demandas del capital, y una concepción educativa forjada en función del individualismo rampante y la rivalidad agonística, desentendida de todo lo que no sea poner el conocimiento y la inteligencia al servicio de un productivismo desenfrenado y un consumismo agobiante, según el mandato indiscutible de acrecentar la ganancia, todo esto no configura el mejor contexto para que la libertad, la igualdad y la solidaridad primen en los lazos sociales. De ahí que, míresele por donde se le mire, la lucha por una sociedad que sepa concretar en los hechos los derechos humanos y con éstos la posibilidad efectiva de la realización vital de los individuos en su humana pluralidad, debe inscribirse en la lucha contra la estructura misma de la sociedad capitalista.

Carlos Mario González
Profesor Universidad Nacional
Director Centro de Estudios Estanislao Zuleta