Páginas de ayer para mujeres de hoy

Descripción

Páginas de ayer para mujeres de hoy es un proyecto de formación de lectores y lectoras que busca contribuir al proceso de transformación de las representaciones y concepciones culturales que avalan prácticas de discriminación y violencia contra las mujeres, mediante la creación de círculos de lectura y la realización de talleres creativos en los que se reflexionen problemáticas de género, a la luz de la narrativa de escritoras colombianas. Buscamos el anterior objetivo debido a que es innegable, por un lado, que en el campo de las mentalidades y las ideologías se reproducen o cuestionan las concepciones e ideales con las que el ser humano realiza sus vínculos y despliega avala sus acciones, y, por otro, que las prácticas de lectura, escritura y oralidad posibilitan precisamente participar de ese campo a partir de conocer otras perspectivas y conceptualizaciones que nos permitan contrastar e interrogar las propias.
En la línea de lo anterior, el proyecto de formación de lectoras y lectores Páginas de ayer para mujeres de hoy quiere contribuir a la interrogación y reflexión crítica de esos mandatos discursivos que dejan huellas en las vidas y los cuerpos de las mujeres. Para lo cual ve un gran potencial en la narrativa de escritoras colombianas tales como Soledad Acosta, Elisa Mújica, Rocío Vélez y Marvel Moreno; un potencial que se deriva de la fuerza estética y reflexiva de sus plumas, que nos ponen de cara a la existencia concreta de hombres y mujeres, a las formas tristes o festiva que cobran sus vidas según la relación llevada a cabo con los mandatos de género. Pensar los problemas de género desde la narrativa de estas escritoras colombianas ya es una manera de interrogar esos mandatos.

PMULTIMODAL-01_a

Nuestras escritoras

Dar a leer es dar a conocer formas singulares del pensamiento y del acto creativo que entran a expandir o contradecir otras. Dar a leer es abrir una senda por la cual se puede ir a otros —que no somos o sólo en algo somos—, que desde su alteridad descorren velos para mostrarnos expresiones humanas que enaltecen la vida misma o que, por el contrario, nos hieren con su atrocidad; ambas expresiones, en su aparecer, son una oportunidad para que el lector o la lectora reciba alguna lección para su propia existencia. ¿Y qué ocurre, entonces, cuándo se da a leer literatura escrita por mujeres colombianas? ¿Qué ocurre cuándo se desempolvan esos textos olvidados en un viejo anaquel de biblioteca? Sí, hallamos otras singularidades, pero unas que debieron luchar contra los límites de su género para serlo, que hicieron de la escritura, precisamente, una aventura de autodescubrimiento y autoafirmación; una posibilidad de iluminar zonas de la existencia, dejadas a oscuras o en brumas.

Leer más

En Páginas de ayer para mujeres de hoy iniciamos nuestro viaje en el siglo XVIII: ingresamos —a través del esplendoroso cuento Ángela y el diablo de Elisa Mújica— a un colegio de monjas de Tunja, en el que la celda de la Madre Francisca Josefa del Castillo (1671-1742) permanecía en pie, y su historia se contaba a las niñas internas. No les narraban, sin embargo, que había sido una de las primeras escritoras colombianas, que había sido una mujer que había logrado conquistar una creación propia en medio de ese mandato masculino que le exigía hacer de su escritura un espacio para la confesión. Esta escritora hizo parte, pues, de la tradición confesional de la colonia: las mujeres-monjas que podían escribir, lo hacían por mandato y bajo el control de sus confesores; se debía explorar los sentimientos de esa alma femenina, inspirados por Dios o tentados por el Diablo. Continuamos nuestro caminar hasta llegar al siglo XIX: atisbamos desde una ventana a una mujer aristócrata con toda su atención puesta en su diario, en una escritura que la escribía; lo confesional seguía marcando las letras femeninas colombianas, pero ya no como confesión de tipo religioso, sino como una manera de hacer de la cotidianidad un objeto de reflexión. Soledad Acosta (1833-1913), a quien miramos a través de la ventana, narraba en su Diario íntimo su cotidianidad como mujer; una que ahogaba en los estrechos límites de las actividades femeninas (embellecerse, asistir a bailes y citas frívolas, coser, cuidar) el deseo de franquear los muros del ámbito privado y arriesgar formas de sí en el mundo público. Soledad hacía de su diario, aún no una voz contestataria contra el orden patriarcal, aún no un discurso explicativo del porqué de esas formas de opresión sobre las mentes y los cuerpos de las mujeres, pero sí hacía de su diario una exploración del sentimiento de aburrición desprendido de una vida constantemente repetida, una indagación sobre el sentimiento de frustración por no poder volar hacia el deseo propio. Debimos seguir nuestro viaje de retorno a un siglo más cercano, el XX: éste nos presentó a Elisa Mújica, a aquella mujer que nos recordaba en una de sus creaciones literarias a la Madre Josefa del Castillo; Elisa Mújica, una mujer que no encontramos ya a través de una ventana queriendo correr por las ciudades o los campos enmarcados por ese cuadrado en la pared, sino que ya corría por esos espacios abiertos, que los hacía suyos, que los exploraba afirmándose en ellos. Elisa Mújica, la primera escritora profesional colombiana, que en medio de conquistas feministas del siglo XX —el derecho de las mujeres a manejar sus propios bienes (1932), el derecho a ingresar a la universidad (1933) y a ejercer el voto (1954)— pudo derrumbar esos muros que encerraron por tantos siglos a mujeres como Soledad, tornándose así el mundo privado, ya no en custodia de la mujer, sino en un espacio en el que se le podía dar lugar a una soledad creativa, en la que la distancia con el mundo de afuera se daba después de haber bebido de él; soledad de escritora, soledad en libertad, dispuesta para que se pintara en ella el paisaje de las relaciones entre hombres y mujeres, para desentrañar su estructura y su forma de configurarse. La pregunta, pues, por la libertad de la mujer y las condiciones para ésta, emergía con fuerza en esas páginas de ayer, y así se abría camino para la llegada de una Rocío Vélez (1926-2019) y de una Marvel Moreno (1939-1995), quienes al relatar en el papel vidas de mujeres, señalaban la necesidad de otras situaciones, para ellas y para sí mismas; generándose así toda una metamorfosis, iniciada desde esa celda en el colegio de monjas, que no sólo hacía a estas últimas escritoras otro tipo de mujeres sino unas artistas.

Marvel Moreno

«... una puerta se había cerrado detrás de ella cuando (...) había tomado la inexplicable decisión de nunca más volver a tocar el violín (...). Viéndolo de lejos, aquello no tenía sentido, como no fuese un castigo que se hubiese infligido a sí misma sin razón alguna. Sí, sin razón alguna se había mutilado, cortando los lazos que la unían a la vida»

Soledad Acosta

«Dime por qué cuando te ponen un papel en la mano tu frente vuelve a tomar su forma natural, casi de sonrisa, tus ojos brillan de placer y tus manos cogen el papel con precipitación, por qué es que te vuelve otra vez el buen humor y casi amable —porque nunca lo eres enteramente— puedes hablar y reírte. Ah caprichos del alma, de los sentimientos humanos»

Elisa Mújica

«Ángela se dio cuenta de que formaba parte de un todo grande y poderoso que le protegía. Siempre que no quebrantara las leyes. Comulgar esa mañana sería una desobediencia. No quería cometerla, pero... se hallaba obligada a hacerlo»

 

 

 

Rocío Vélez

«... inevitablemente tanto dolor, semejante sufrimiento, tenía que culminar en algún tipo de recompensa. (...). En seguida llegaba en sus sueños hasta el umbral de la muerte y en el instante en el cual expiraba, oía el estallido vibrante de las trompetas…»

 

 

Lectura y género

Nada fácil fue que las mujeres tomasen la pluma y el papel; aún más, que hicieran de la escritura una expresión de su soberanía. Se consideraba innecesario que aprendieran a leer y a escribir: «¿Para qué hacerse a esas herramientas del espíritu, a ese lenguaje social, si las mujeres estaban destinadas a la servidumbre de la especie?», decía así la mentalidad hegemónica que buscaba sostener la jerarquía entre los géneros. Poder plasmar la voces de nuestro ser sobre ese lienzo en blanco, dejar para otros nuestra interpretación sobre el mundo, fue y ha sido una larga conquista. De ser la escritura una actividad de deleite para algunas aristócratas (¡que se embellecieran con esa actividad era el mandato de los hombres!); de ser la escritura para otras de ellas un grito de denuncia —ridiculizado y sepultado por la crítica masculina— respecto a las situaciones de opresión vividas por las mujeres; de ser la escritura una enseñanza para las burguesas o pequeño burguesas que se perfilaban como educadoras del nuevo ciudadano; de ser, en fin, la escritura —o de convertirla en ello— una estrategia para perpetuar el eterno femenino, se transformó, gracias a la valentía de muchas mujeres, en un arma fundamental para minar la estructura social que le daba vida a ese eterno opresor.

Leer más

Las mujeres escritoras introdujeron, pues, esta ruptura alumbrando sus situaciones particulares, mostrando las tristezas y los tormentos de su cotidianidad que se desprendían de una vida que se repetía y se ahogaba en la impotencia; las mujeres escritoras acentuaron mucho más ese quiebre cuando hicieron de la literatura un espacio para develar las relaciones sociales que sostenían y reproducían ese orden de cosas, pero no una literatura para la denuncia o la moralización —dejaría de serlo—, sino una literatura, cuya forma artística lograba introducir la sospecha en torno a lo establecido y disponer a hombres y mujeres a la interrogación de sus roles en el seno de la sociedad; las mujeres concretaban esa ruptura haciendo suyo el poder de la escritura, situándose como sujetos que podían explicar —ya desde tantos saberes y teorías— las razones históricas y sociales que vedaban su camino hacia su autonomía, hacia una palabra propia, que necesitaba para su florecer de esas herramientas para el espíritu.
La lectura de escrituras de mujeres, la lectura de las problemáticas de género que subyacen en sus producciones, es, a su vez, la lectura de esa larga y difícil aventura hacia la soberanía. Leemos en el papel diversas situaciones de opresión sobre las mujeres, leemos el análisis de las mismas, y a través de esas situaciones podemos leer la lucha misma de una mujer haciendo de la escritura el llamado a la transformación.

Encuentros en territorio

De acuerdo con el Sistema de información para la seguridad y convivencia (SISC), en el 2018 la zona con más altas cifras de violencia de género en todas sus formas: homicidios, feminicidios, lesiones, entre otras, fue La Candelaria (comuna 10). Por lo anterior hemos seleccionado esta comuna como sede de nuestras actividades, debido a que este lamentable panorama nos llama a observar la relación existente entre dichas estadísticas y el sistema de concepciones, valoraciones e ideales que reproducen los estereotipos de género, eligiendo allí, como lugares de encuentro para el desarrollo de este proyecto, a organizaciones sociales como Vamos Mujer, la Red Feminista y la  Unión de Ciudadanas de Colombia; organizaciones que encarnan en su labor diaria, la bandera —vital para nuestra ciudad— de combatir mediante sus diversas acciones las violencias de género y la discriminación contra las mujeres.

Testimonios