Rocío Vélez

(1926-2019)

Vida y obra

Nacida en 1928 en la ciudad de Medellín, su existencia, consagrada a la cultura, se prolongó hasta el año 2019 cuando dejó el mundo convertida en una figura eminente dentro de las letras colombianas.
Provenir de una familia adinerada le permitió gozar de condiciones excepcionales como el hecho de vivir los primeros años de su vida en Bruselas y aprender tempranamente la lengua francesa; pero la riqueza que más aprovechó de sus mayores, especialmente de su padre, madre y abuelos maternos, fue la posibilidad de acceder a la música, las letras, el saber y el pensamiento, elementos que poblaron entrañablemente la cotidianidad de su ambiente de crianza y que abonaron la semilla de quien más tarde destinaría su vida a la literatura.
Al cabo de su historia ostentaba el mérito de haber construido una obra literaria destacada que incluye crónicas (Entre nos I y II [1959-1973]), cuentos (El sietecueros de Lía [1994]), novelas (La cisterna [1971], El terrateniente [1978], La guaca [1979], Por los caminos del Sur [1990]) y ensayos (Comentarios sobre la vida y la obra de algunos autores colombianos [1977], Guía de la literatura infantil [1983], El diálogo y la paz: mi perspectiva [1988]); asimismo participó como columnista de los periódicos El Mundo, El Espectador y El Colombiano; tuvo desde joven una relación sentida, cultivada y creativa con la música, especialmente a partir de sus conocimientos y habilidades con el piano; fue miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y en 1985 participó como miembro de negociación y diálogo en el proceso de paz entre el Gobierno de Belisario Betancur y las FARC. Toda esta trayectoria estuvo marcada por una profunda sensibilidad por la cultura, por la comprensión íntima de la idiosincrasia de nuestro pueblo y por sus problemáticas sociales.

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Desde sus 25 años, cuando en 1953 apareció su primera crónica en El Colombiano, afrontó los desafíos que le imponía el hecho de aventurarse al ámbito público desde la escritura siendo mujer y, para reforzar su desventaja, provinciana en un contexto donde la cultura tenía por centro de gravedad la capital y en el que los temas prevalecientes de las “páginas femeninas” de la prensa eran las recetas de cocina, los consejos para novias o los asuntos de decoración; si a las mujeres no se les reconocía entidad suficiente para poder votar, más difícil aún sería recibir reconocimiento por el valor de lo que pudiera provenir de sus plumas.
Más tarde, a finales de la década del 50, Rocío se vincula a un grupo literario presidido por Gonzalo Restrepo Jaramillo y María Helena Uribe de Estrada, conocido como La tertulia; en él participaron figuras como Manuel Mejía Vallejo y Olga Elena Mattei. Este grupo será muy importante dentro de su camino intelectual y su opción por las letras. A partir de ahí su vida, como una mujer que afirma su identidad y su autonomía a partir de la escritura, y su obra en la que la existencia de las mujeres en medio del tradicionalismo y el sojuzgamiento que les impuso la sociedad se hace visible bajo un lente que suscita la reflexión, se vinculan a los procesos de cambio de mentalidades y prácticas en aras de mejores condiciones para el género femenino.
En esta conjunción de vida y obra figuran tres elementos entreverados en un estilo depurado y ameno que marcan de manera especial la autenticidad y el valor de su aporte a la literatura antioqueña y colombiana: son la sátira, la fundamentación investigativa de sus obras y el develamiento crítico de la realidad social, tanto en el acontecer cotidiano y privado, como en los factores culturales y políticos.
Sus escritos —como es visible, entre otras obras, en los dos tomos de crónicas llamados Entre nos— suelen contar con un sutil componente humorístico con el cual mostraba en sus contradicciones y absurdidad las formas arraigadas en las que actuamos día a día, desde los ritos navideños ganados por la frivolidad, hasta las peripecias de ese género de estudiantes universitarios primíparos atraídos acrítica y superficialmente por las ideas revolucionarias, mientras sus madres depositan en ellos sus aspiraciones de futuro.
Tal aspecto se acompaña de un esfuerzo por indagar de manera rigurosa y documentada acerca de las realidades que retrata en sus obras, ya sea entrevistándose con los testigos del horror de la guerra, consultando los archivos que guardan valiosos fragmentos de la memoria de nuestro devenir o viajando a los lugares que, con su paisaje, con su flora, su fauna, su arquitectura o el cariz de sus gentes, fueron escenario de las historias que le interesaba recrear.
Pero quizá su sátira punzante y su espíritu investigativo cobran su mayor importancia cuando se ponen al servicio de mostrar la entraña de la sociedad antioqueña y colombiana, cuyos vicios se ocultan bajo un halo de conservadurismo y supuesta virtud. En su obra el retrato de las costumbres y del espíritu popular no se queda ni en la descripción ni en la exaltación, sino que alcanza a ser una puesta en cuestión, una crítica, de la cual es el lector el llamado a derivar las consecuencias; así, por ejemplo, la imagen de la condición de la mujer, cuya posibilidad de delinear un destino propio es ahogada por las imposiciones de la familia y la sociedad, como ocurre en La cisterna, se convierte en una poderosa denuncia que reclama a cada quien interrogarse cómo los privilegios de los cuales goza van en detrimento de la vida de otros, en este caso de las mujeres con las cuales convive.
Tenemos así una escritora fundamental para aproximarnos, desde la sensibilidad que estimula y nutre la literatura, en este caso particularizada por un estilo irónico y riguroso, a la indagación sobre los rasgos que componen y singularizan nuestra sociedad, a las formas en las que una tradición sospechosamente venerada condenó a muchas mujeres a un lugar de postración y, en general, al entendimiento de lo humano. Sus palabras todavía tienen mucho por decirnos acerca de lo que hoy somos.
Reseña escrita por Mateo Cañas

Reseña del cuento Cuatro mujeres y el voto libre

En una Colombia parada sobre la segunda mitad del siglo XX —con seguridad después de 1957, año en que las mujeres pueden ejercer por primera vez el derecho al voto—, se desarrollan los dramas de Carmiña y Carmen Emilia, cuando, faltando algunos días para las elecciones —al parecer presidenciales—, deben enfrentarse a la toma de una decisión que, por tradición, había correspondido a los hombres: elegir quién representará sus ideas políticas. Al comienzo de las dos primeras partes —«Carmiña, o el voto por amor» y «Carmen Emilia, o el voto por ignorancia»—, la autora nos sitúa en dos lugares típicos de la sociedad colombiana: una casa modesta de alguna ciudad principal y una casa de campo muy alejada del casco urbano, al mismo tiempo recalca las costumbres en la decoración misma de las casas y las formas de vida al indicarnos la ubicación geográfica de una de ellas: «De las paredes cuelgan a diferentes alturas, un Corazón de Jesús con lamparita prendida a la izquierda de una repisa y [una] jarrita con hojas artificiales a la derecha»; «La acción se desarrolla en la cumbre de una loma, al terminal del camino de mula (…), la casita es limpia, con el corredor lleno de tarros de lata sembrados de azulinas, begonias y geranios. La pintura es anaranjada, las paredes blancas y la “divisa” [lo que se alcanza a observar] inmensa». Rocío Vélez nos adelanta desde los primeros párrafos de las historias de estas mujeres el estrecho y tradicional mundo que habitaban: una atmósfera cargada de religiosidad y otra ausente de los progresos de la cultura y de la ciudad.

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Estas tradiciones a las que me refiero aparecen en varios campos de ideas de ambas historias y se contrastan claramente entre las protagonistas, Carmiña y Carmen Emilia, y sus respectivas parejas, Fabián y Julio César. En los pensamientos de Carmiña, una mujer joven de clase media, lo que predomina es el ideal del amor romántico, un amor que en sí mismo y por su consecución se encarga de «realizar» al ser que lo vive y que, además, la posibilidad de su pérdida se instaura como el motivo que hace que todo lo demás —la subordinación a las decisiones de su cónyuge masculino, el absurdo mandato social que sentencia la falta de una pareja amorosa como un fracaso existencial— sea admisible, pues lo único inadmisible es carecer de dicho amor. Esto se confirma cuando se narran estos pensamientos de Carmiña, tras haber reñido con Fabián por enunciar el candidato por el que votaría, opción que éste no compartía: «El sueño de su vida es casarse. Sabe que no es muy bonita, se siente quedada con sus 21 años recién cumplidos y por nada en el mundo —menos por política (…) —, dejaría ir esta oportunidad. No había tiempo para detenerse a medir la calidad y el valor de un amor que se alejaba por tan poca cosa». En su pareja, Fabián, aparece una posición devastadora que han tomado a lo largo de la historia muchos hombres. Él no ve a su novia como una igual, sino como su subordinada, a la que no debe convencer, por medio de la argumentación, sino reclamarle porque no obedece; no la cree capaz —porque además tampoco lo concibe— de enfocarse en «asuntos de hombres», como la política. Termina siendo, más que su compañero sentimental, el hombre que reduce violentamente a cero las posibilidades de Carmiña de transformarse; esto se palpa claramente cuando Fabián dice: «… si no se entienden en cosas definitivas, si ella no le hace caso en materias tan de la incumbencia masculina, tan ajena al conocimiento femenino, ¿no es evidente que su noviazgo es un error? ¿Qué será de su vida si ya casados, ella decide tomar resoluciones independientemente, sin tener en cuenta su parecer? ¡Ella decidiendo en política! ¿No acabaría él en la cocina y con los niños? …»
En Carmen Emilia se puede leer una situación demasiado triste, es una mujer de campo sobre la que ha caído el destino —por el hecho de ser mujer— de configurarse sólo como madre y cuidadora de sus hijos, al punto de que tales labores le han arrebatado las preocupaciones inmediatas de su ser —su vocación, sus sentimientos, su singularidad— y muchos años de vida; en ella predomina la religión, sus mandatos (que eran dictados por el sacerdote del pueblo más cercano) y el cuidado de sus diez hijos; sus diálogos y pensamientos son muy cortos, consecuencia de su agotamiento físico: «¿A votar? Que voten otros, yo no puedo (…) Un voto no es nada. Yo estoy muy cansada y muy enferma». Por otro lado, para Julio César —cuyo nombre la autora, con seguridad, no elige sin relación con el antiguo dictador— es completamente normal que las labores del cuidado sólo le pertenezcan a Carmen Emilia, y que los intereses y ocupaciones de él sean mucho más importantes que los dolores y enfermedades que se han depositado sobre el cuerpo de su esposa; es, pues, un hombre para el que sus posibilidades caen del cielo, y no tienen un sustento en el ser humano que ha condenado a vivir en encierro; es un hombre para el que la violencia de sus actos, es normal. Dice la narradora de la historia: « [Carmen Emilia] va al pueblo unas dos veces al año. Para ir necesita explicar y repetir por días y meses su deseo. Pero como Julio César, su esposo, también quiere ir y como no pueden dejar la casa y los niños, resulta que siempre es mayor la urgencia del marido».
Estas condiciones tradicionales y patriarcales que influyen tan fuertemente sobre los personajes, son el insumo de la trama de Cuatro mujeres y el voto libre, la cual gira sobre las contradicciones que la lucha por el sufragio femenino en Colombia no pudo anticipar (aunque, por supuesto, no invalida ni demerita tal lucha), a saber: la poca o nula libertad que sobre el voto tuvieron algunas mujeres, que seguían siendo hijas de unas costumbres (la obediencia al marido y al cura, la religiosidad, la sumisión), que no ofrecían ninguna herramienta para pensarse políticamente y que las llevaba a no a ejercer un voto libre, sino un voto por amor o por ignorancia. Esto puede llevar a que nos preguntemos: ¿qué ha sucedido en la vida de algunas mujeres para que lo político sea de lo más accesorio en sus vidas? ¿Bajo qué mandatos culturales fueron educadas para llegar al punto de dirigir toda su identidad hacia el amor romántico y las labores de crianza? ¿De dónde viene tanta pasividad en los hombres de esta historia para no pensar los actos tan violentos que ejercían sobre sus parejas?
Rocío Vélez nos muestra a partir de su prosa, el reto que, tras la conquista jurídica del voto, devenía para el conjunto de las mujeres: poder desalojar de su interior el sentimiento de inferioridad y subordinación que las había acompañado en sus mentalidades durante tantos años; poder pensarse auténticamente en sus relaciones amorosas y maternas para plantear formas alternativas de ejercerlas, diferentes a las tradicionales; unirse —aún más— entre ellas para impulsar el coraje existencial que requiere abandonar la imagen cristalizada de mujer, forjada por siglos desde una mentalidad masculina que no ha querido renunciar del todo a sus privilegios. Invito a los lectores y lectoras de esta reseña a adentrarse en la historia de estas mujeres, en la narrativa de esta gran escritora antioqueña.
Tomado de: Rocío Vélez de Piedrahíta, «Cuatro mujeres y el voto libre», en Entre Nos, 2 (Medellín: Bedout, 1959), 135-147
Reseña escrita por Mario Velandia

Cuento Cuatro mujeres y el voto libre, Parte I: Carmiña o el voto por amor