Soledad Acosta

(1833-1913)

Vida y obra

La naciente Colombia decimonónica, que se erigía en el seno de las conquistas y posibilidades permitidas por la República, principalmente para los hombres, jamás hubiese podido avizorar el nacimiento de una mujer como Soledad Acosta de Samper. Su obra y su vida vendrían a cuestionar los valores, prácticas y concepciones de una sociedad patriarcal que hallaba sus cimientos en el predominio de lo masculino y del necesario binarismo con que se le adjudicaba un determinado género a la vida pública y a la vida privada, sin lugar al desacuerdo o a la contestación. Soledad Acosta, quien vivió en un mundo para el que la escritura y la literatura, como bienes de la humanidad destinados al ámbito de la cultura y de lo público, lejos estaban de ser dominios femeninos, tuvo la valentía de hacerse a conquistas inéditas que permitieron cuestionar los silenciamientos, docilizaciones e imposiciones con que los letrados de entonces apartaron a las mujeres, incluso a aquellas que pertenecían la élite social. Su invaluable obra es un intento por despojar a la mujer de las formas civilizatorias masculinistas; es decir, es un intento por hablar en favor de su educación y su autonomía a través de ensayos, novelas, corresponsalías y cuadros de costumbres.

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Entre sus primeras labores escriturales se encuentran colaboraciones en diferentes publicaciones: desde reseñas de libros, ópera y música, hasta comentarios de moda, traducciones y relatos de viajes; posteriormente contribuyó a la realización de la Revista Americana, que se distribuía de manera adjunta al periódico. Su primer libro de novelas fue publicado en 1869 bajo el título Novelas y cuadros de la vida suramericana; dentro de este libro se encontraban Dolores, Teresa la limeña, El corazón de la mujer, La perla del valle, Ilusión y realidad, Luz y sombra, Tipos sociales: la monja y mi madrina y Un crimen. Cabe destacar de su obra que la sensibilidad con que observa cuidadosa y exhaustivamente aquel mundo que le fue legado a la mujer del siglo XIX colombiano se convierte en un insumo potentísimo para significar y retratar la sociedad de entonces Lo anterior se ve reflejado en un fragmento de Dolores: «Forzoso es confesar que N*** no era sino una aldea grande, no obstante el enojo que a sus vecinos causaba el oírla llamar así, pues tenía sus aires de ciudad y poseía en ese tiempo jefe político, jueces, cabildo y demás tren de gobierno local. Desgraciadamente ese tren y ese tono le producían infinitas molestias, como le sucedería a una pobre campesina que, enseñada a andar descalza y a usar enaguas cortas, se pusiese de repente botines de tacón, corsé y criolina».
Pero, antes de continuar, es preciso dar unos cuantos pasos atrás:
Soledad Acosta nace en Bogotá el 5 de mayo de 1833, a sus cuatro años comienza una serie de viajes que la llevan por diversos países y culturas, lo cual le permite recibir una educación excepcional a la de sus demás compatriotas. Toda su vida, incluso desde sus primeros años, visitó ciudades como Londres, Versalles, París, Lima, Sevilla, Quito, Nueva York y Nueva Escocia —donde vivió con su abuela materna durante casi un año. Sus padres, el neogranadino Joaquín Acosta y la canadiense Carolina Kemble, potenciaron, con el ofrecimiento de unas condiciones sociales propias de la élite bogotana, una formación cercana a las letras, a la geografía y a la historia, al igual que le permitieron el acceso a una muy nutrida mezcla de pensamiento que por una parte recibiría la influencia española y católica, y por otra la anglosajona y protestante. A sus veintidós años se casó con José María Samper, otro de los personajes más influyentes del siglo XIX, quien desde muy joven había publicado diversos poemas y artículos políticos que apoyaban el liberalismo radical, pensamiento que para la época cobraba fuerza. Un año después de su matrimonio, en 1856, nace su primera hija; un año después, su segunda hija; y tras esta última dos más, de las cuales, para 1913, cuando Soledad Acosta de Samper muere en Bogotá, sólo sobreviven dos.
Soledad Acosta de Samper se atrevió a escribir novelas como Una holandesa en América, que intentaron, a la par con María de Jorge Isaacs, retratar mediante la escritura una concepción de la recién independizada patria, imaginándola y proponiendo para ésta un determinado proyecto civilizatorio de sociedad. Pero en un momento histórico en el que la literatura era uno de los lugares donde se inventaba la patria, y en el que abundaban escritores, como José María Vergara y Vergara, que en representación de las «sensibilidades masculinistas» de la época se habían declarado contra la escritura (y lectura) de las mujeres, no es difícil advertir que la América imaginada por Isaacs fue la que persistió, quedando la de Acosta en silencio hasta el día de hoy. Textos silenciados y vedados de ser posibles símbolos nacionales, como ocurrió con Una holandesa en América, cuestionan y desdibujan los paradigmas de la élite patriarcal de Colombia; son un reflejo del sentido crítico con el que Soledad Acosta de Samper se pregunta, casi en la mayoría de sus textos, acerca de las condiciones de realización de la mujer, acerca de su educación y acerca de los contenidos y los fines pretendidos en tal educación. Muchos no dudan en afirmar que la mayoría de las fuerzas de tan singular ser estuvieron dirigidas a educar a la mujer por medio de la literatura y la historia, al ser estas dos las que acompañaron a Soledad Acosta durante toda su vida, y al ser, igualmente, las que se le presentaron, desde su juventud, como elementos para dejar plasmado el ideal de mujer libre, autónoma e inserta en el mundo intelectual que intentó materializar. Desde sus veinte años, incluso mucho antes, la escritura fue uno de los instrumentos que, en el fuero privado y casi sin quererlo, la condujeron hacia la interrogación de las relaciones sociales en que se inscribía su porvenir y el de aquellos que vivían a su alrededor: vecinas, vecinos, amigas, amigos, amores, familiares, campesinas, viajeras, ciudadanos… El diario íntimo que escribiría meses antes de su matrimonio (entre 1853 y 1855), traería la escritura privada, devaluada entonces y condenada al polvo de los escaparates pertenecientes a mujeres de la languideciente aristocracia colombiana, a la altura de las memorias con que hombres relevantes de entonces exaltaban su vida personal como bien cultural por excelencia, susceptible de llevarse a la imprenta para su publicación. Pues bien, este diario sería el taller con que los aspectos señalados anteriormente en la excepcional obra de la escritora colombiana más importante del siglo XIX irían brotando hasta lograr un desarrollo tal que para 1879, La mujer, una de las publicaciones seriadas a su cargo, se convertiría en la primera publicación dirigida al “bello sexo” (término de antaño) escrita y dirigida sólo por mujeres en Colombia. Muchas de sus obras sólo saldrían de sus aposentos después de su muerte; una de ellas, su diario íntimo, un escrito de más de 700 páginas, yace en las bibliotecas varias ciudades de nuestro país en la actualidad.
Mujeres como Soledad Acosta de Samper crearon, a partir del lugar en el que abrieron sus ojos por primera vez, un mundo más habitable para la totalidad de los seres humanos que vivimos hoy. Su apuesta transgresora nace en su pequeño cuarto, tal vez en su mesita o en su sillón, y atraviesa las formas estructurales de una sociedad patriarcal que arrastra sus vestigios hasta nuestra actualidad. Una valiente mujer, una artista que hizo de sus condiciones efectivas potentes impulsos para el alcance de su realización, que se atrevió a levantar su voz a pesar del silenciamiento y la abnegación generalizadas en torno a la mujer, que defendió la bandera del pensamiento, la escritura y la interpretación como arma de rebeldía y transgresión, nos merece el homenaje de su vida y obra que hemos intentado hacer en esta corta reseña. Y aunque sabemos que las formas sociales y económicas decimonónicas seguramente no habrían permitido el desarrollo de tal genialidad sin las holgadas condiciones económicas en que la protagonista de estas líneas creció, defendemos su vida y obra en el marco del proyecto Páginas de ayer para mujeres de hoy, debido a que su legado, rescatado de las tinieblas a las que lamentablemente se le condenó, es casi un requisito a la hora de apostarse al proceso de transformación de las representaciones y concepciones culturales que avalan prácticas de discriminación y violencia contra las mujeres en la Colombia justa, digna y democrática que intentamos construir mediante de proyectos de formación como el que convoca a estas palabras ofrecidas al lector.
Reseña escrita por Sarah Quintero

Reseña del Diario intimo

De todos los elementos valiosos que podrían ser razón para que el lector se acercara al Diario íntimo de Soledad Acosta de Samper, quisiéramos resaltar especialmente uno: que es una exploración de la cotidianidad de una mujer de mediados del siglo XIX, tomando consciencia de su propia situación. Cuando Soledad comienza la escritura de este diario sólo tiene 20 años (ella nace en 1833), pero ya da muestras de una gran inteligencia y sensibilidad. Y es precisamente esa inteligencia y esa sensibilidad las que le permiten profundizar en aquello que, siendo lo más cercano, sin embargo se nos presenta como lo más lejano, a saber, nuestra cotidianidad. Allí radica precisamente el valor del diario: en darle valor a lo que se nos aparece como anodino e inmediato, a lo más común y trivial, en rescatar del paso del tiempo nuestra vida, para verla con nuevos ojos, con los ojos de la distancia. Pero inteligencia y sensibilidad no son suficientes si el sujeto no cuenta con una mirada que enaltezca a su yo —elemento difícil de encontrar en una mujer de aquella época—, que vea en él un objeto valioso y digno, tanto como para hacerlo protagonista de su propia historia, narrando y analizando aquello con lo que se encuentra en su diario vivir.

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En esta exploración de su propia cotidianidad, Soledad toma distancia con respecto a la encorsetada vida en sociedad en la que debía insertarse: «Estuvimos hoy adonde el doctor Cardoso que vino de Tocaima ya bueno, se habló de la casa de Guaduas y se repitieron las mismas cosas que se dicen mil veces en visitas, los mismos cumplimientos, las mismas contestaciones. (…) Cuántas sonrisas forzadas, cuántas veces he sentido más deseos de llorar que de contestar a un alegre répartie¹».
Así es la mayor parte de la vida de Soledad; bailes, visitas, fiestas, frívolas conversaciones, una vida que empieza a destilar tedio y que se queda corta para una mujer de las calidades humanas de esta futura escritora: «Hace algunos días que no he escrito, no he tenido qué. Llegaron las Orrantia; anoche fuimos a verlas: son muchachas, y la madre es lo mismo, que se les figura que bordar, coser y hacer cosas de mano es el más alto grado de talento, que la inteligencia consiste en aprender pronto algún bordado o encaje, y hacerlo aprisa es para ellas un gran mérito. Nos mostraron mil enaguas de crochet, nos llenaron de encajes de bolillos, nos cubrieron de mil bordados que habían hecho; después nos llevaron a la sala, y allí hicieron que mi mamá tocara y que bailáramos schottish, polka, valse, ¡ay! Dios, estaba tan cansada de ellas que yo ya no podía respirar. Después siguió la conversación. Me dijeron mil cosas de las personas de Bogotá; ambas hablaban a la vez, hasta que me atolondraron. Después me llevaron a un cuarto y me estuvieron mostrando los sobres escritos de unas cartas de diferentes personas haciéndome el panegírico de cada una no muy en su favor. En fin, volví a casa con la cabeza dándome vueltas, tanto me habían hablado de bailes, versos, modas, matrimonio civil, zapatos, peinados, dulces, paseos, juegos, teatro y… quién sabe qué más».
En este punto se puede empezar a reconocer una específica tragedia, la de Soledad y la de muchas mujeres burguesas de aquel siglo, quienes empezaron a notar que su inteligencia —aquella que lograron cultivar gracias a la educación que pudieron recibir— en vez de ser un don, era un tormento, pues su espíritu estaba condenado a contemplar la monotonía de su mundo, a saberse encerrado, pero con la capacidad y el deseo de alzar el vuelo: «¿Cuáles son los pensamientos dignos de inscribirse en las hojas del libro del tiempo? ¿Cuáles los hechos? ¡Ningunos! Así pasan los días sobre mi cabeza sin saber qué se han hecho. ¿Para qué me hizo Dios inteligente? ¡Para qué todos mis sentidos si no han de servir para el bien de mi alma y de la humanidad! ¿Pero qué puede hacer una mujer?».
El Diario íntimo es, pues, el testimonio de un cambio social en germen instalado en el ser de unas cuantas mujeres —en este caso particular, en Soledad—, que, cansadas de ver el mundo únicamente a través de los ojos y de la voz de los hombres que las rodeaban o de los libros que podían leer, reivindicaban para sí la posibilidad de hacerse a ese mundo a través del riesgo que implica la existencia creativa en él.

¹Répartie: palabra francesa que alude a una respuesta amena y a la participación activa en una conversación.
Tomado de: Soledad Acosta de Samper, Diario íntimo (Bogotá: Ministerio de Cultura: Biblioteca Nacional de Colombia, 2016)
Reseña escrita por Santiago Piedrahíta

Fragmentos del Diario íntimo de Soledad Acosta