Gaitán, el hombre que fue un pueblo

“Yo no soy un hombre, soy un pueblo, y el pueblo es mayor que sus dirigentes”. Con estas palabras, dirigidas a una multitud reunida en plaza pública para escucharlo, hacía referencia Gaitán a su propia figura y a la concepción que tenía de su movimiento. Orador por excelencia, Gaitán enaltecía las esperanzas y emociones de un vasto sector que había recibido la espalda y la bota de sus dirigentes; ahora, por fin se sentía escuchado y reconocido en la voz de aquel que les hablaba con elocuencia y enardecidos ánimos. Y es que si bien las condiciones conflictivas existían, pues la problemática social era evidente y era sufrida por la mayoría de la población (el problema agrario aún estaba latente e irresuelto: campesinos sin tierra y colonos con amenaza de desahucio; obreros y sindicatos en la mira del gobierno: represión de huelgas y abandono del apoyo al movimiento sindical), aquellas no hubiesen tomado el tenor de una verdadera “revolución en marcha” si Jorge Eliecer Gaitán no hubiese actuado como catalizador y aglutinante de esa masa de ciudadanos inconformes, generando así un movimiento que desbordaba los estrechos marcos del bipartidismo. Heredero de los proyectos democráticos empezados, aplazados y defraudados por los gobiernos liberales que se dieron entre 1930 y 1946, este abogado de profesión hace eco político en un momento en que Colombia sufría las dolencias que le implicaba la formación histórica particular de sus cimientos: una reforma agraria nunca efectuada; una ausencia de expresiones políticas diversas, participantes y configuradoras de una democracia más profunda; en síntesis, un Estado inacabado, precario y débil en el que se trataba de instaurar una modernización económica en medio de un atraso cultural, social y político.
De su movimiento aseguraba que no era personalista, pero evidentemente lo fue, como quedó demostrado con su asesinato el 9 de abril de 1948, en donde la falta de dirección, la falta de un grupo que encausara y organizara toda la revuelta que estalló ese día fatal hizo que el movimiento popular, que había empezado a configurarse con la presencia política de Gaitán, se fragmentara y fuese derrotado. Sí, su movimiento era personalista pero no demagógico como lo tildaban sus adversarios, pues las palabras y argumentos con las que denunciaba las injusticias del gobierno, de la clase política, no eran demagogia, sino un llamado a la justicia, como él mismo decía. Y es que el mérito de Gaitán no estaba sólo en su capacidad de denuncia y de convocatoria, en su carisma y elocuencia, que también; sino principalmente en haber reunido en torno suyo y a una propuesta política, a una mayoría que llevaba dividida y en confrontación por casi un siglo, logrando oponerla a un enemigo común: la oligarquía, que funcionaba por medio de prebendas y clientelas; un poder externo que no representaba a sus simpatizantes, sino que los instrumentalizaba. La contradicción, pues, que lograba expresar era nueva: ya no era conservadores versus liberales; ahora era pueblo versus oligarquía ¿Era entonces Gaitán un populista? Efectivamente ¿Era posible que no lo fuera en medio del contexto histórico y político que le correspondió vivir? La creación de ese sujeto político de la democracia que se llama pueblo, exigía la inmensa tarea de avivar y empujar a la existencia política a esa gran masa compuesta por los sectores subalternos, limitados no sólo en sus condiciones materiales, sino restringidos en las espirituales; este vasto sector, por fuera aún del derecho a la cultura y a la educación, se encontraba desarticulado y excluido de la esfera de lo político, del ejercicio consciente de una participación ciudadana, quedándole como única opción, para ingresar a dicha esfera y desplegar tal participación, la identificación con un caudillo.
Gaitán era el hombre, había asumido la enorme y necesaria tarea política de constituir un pueblo, un sujeto político con conciencia de sus propios intereses de los que hiciera acción y defensa; y pagaría con su vida por ello. La tarea quedó trunca y lo que ocurrió tras el insuceso del 9 de abril, fue la agudización de las problemáticas sociales: una contrarreforma agraria, un aumento sistemático de la violencia, un mayor cerramiento político, una metódica y terrible anulación del oponente, una aguda represión del pensamiento diferente, la criminalización de la protesta, una expansión desmedida del miedo. Con el asesinato de Gaitán, como si fuese un aciago preludio, vendrían después los Pardo Leal, los Galanes, los Jaramillo Ossa, los Pizarros; el segamiento de las vidas de múltiples dirigentes sociales y políticos que han buscado la salida a los problemas más estructurales, enunciados una y otra vez, pero que siempre deben repetirse hasta hacerse oír: el del acceso a la tierra, la ampliación política, la debilidad del Estado, la violencia, la ampliación y conquista de mejores condiciones materiales y espirituales, de una vida digna para todos.
Por todo lo dicho, se nos presenta desproporcionada esa pequeña losa con su nombre y algunas palabras alusivas a su figura, que se encuentra en Bogotá en el cruce de la avenida Jiménez con Séptima, lugar donde cayó muerto hace 70 años este líder popular. En definitiva no le hacen justicia a su memoria. Escribimos este texto aún sabiendo que muchos lo han olvidado y pasan de largo por aquel lugar, que muchos no saben siquiera que tal acontecimiento ocurrió y todo lo que tiene por decirnos de nosotros mismos, lo escribimos, precisamente, porque esperamos aportar a la recordación de un hombre que, como decía de sí mismo, era un pueblo: la síntesis de un país que ha estado entre la esperanza de un cambio y el fracaso al intentarlo. El país donde la horrible noche parece no haber cesado y donde, sin embargo, han existido personas como Gaitán que merecen escribir su nombre en las páginas de la historia; un país donde siguen existiendo ingentes esfuerzos de líderes y organizaciones sociales en pro de la formación de ese sujeto político. Por este esfuerzo y por la necesidad de aunar al mismo las enseñanzas de la historia, Gaitán y su memoria ha de ser el llamado, como diría Estanislao Zuleta, a hacer de la democracia “la cátedra IN VIVO de la política, la necesidad de aprender a luchar continuamente por [nuestros] intereses y a averiguar cuáles son”.

Santiago Piedrahita
Miembro del Centro de Estudios Estanislao Zuleta