A 30 años de la muerte de Estanislao Zuleta

A 30 años de la muerte de Estanislao Zuleta, publicamos el prólogo del noveno número de los Cuadernos del CEEZ para la Reflexión y la Crítica, el cual fue dedicado por su año conmemorativo al pensador colombiano.

 

El 17 de febrero de 1990 el corazón de Estanislao Zuleta detuvo su comprometida marcha de 55 años. En este 2020 se cumplen 30 años de su ausencia física y, sin embargo, la fuerza espiritual de sus ideas superó ese ineludible hecho material que condena a nuestro cuerpo, y por ende a nuestro ser, a su mortal condición. Pocos hombres alcanzan este mérito: las reflexiones de Zuleta siguen valorándose más allá del tiempo en que le correspondió vivir; amigos, familiares, conocidos, discípulos y estudiantes, continúan rememorando la impronta que en su ser dejó su palabra y su particular forma de estar en el mundo. Pero sumados a ellos —y tal vez en esto se calibre verdaderamente el mérito del que estamos hablando—, personas e instituciones que no le conocimos (maestros, líderes y organizaciones sociales, entre otros) reconocemos en Estanislao un referente para pensar las problemáticas de nuestra existencia, de nuestro tiempo y de nuestro país.

Ahora bien, ¿qué ha hecho esto posible? Podríamos encontrar algunas respuestas en las virtudes que resaltan de Zuleta los autores reunidos en este número. José Zuleta en su artículo «Notas de una época y de unos amigos» destaca la apasionante relación de Estanislao con la lectura y su empeño por transmitir a otros la posición que tenía frente a los textos. Su oficio de lector, nos recuerda José, partía de una gran sensibilidad por la existencia, por esas «luces y sombras» que la atraviesan y que en los libros se hacen objeto de indagación. Estos libros, que eran tomados por Zuleta como herramientas de trabajo y que ponen bajo sospecha valores, concepciones y estructuras ideológicas con las que se venía haciendo la vida, encontraban en él un lector lo suficientemente valiente como para transformarse en consecuencia, así como un lector generoso que, sabiendo de la deuda que ha cobrado con sus amados autores, se dispone «a transmitir a otros la calidad y la fuerza de [su] experiencia». Eduardo Gómez, por su parte, en su texto «Estanislao Zuleta: algunos aportes de su pensamiento», subraya, por una lado y al igual que José, esa forma de Estanislao deinterrelacionar vida y pensamiento en su actividad como lector e investigador, valiéndose para ello del reconocimiento de que somos seres en falta, de que es nuestra carencia de ser, y por ende nuestra pretensión de ser, la que hace de nosotros el ente que pregunta, y, por otro, de grandes saberes de la cultura tales como el marxismo, el psicoanálisis, la filosofía, la antropología y la literatura. Estanislao convocó a quienes fueron sus maestros (Marx, Mann, Nietzsche, Freud, etc.) para que le ayudasen a lograr algún entendimiento de los conflictos que lo atravesaban y lo superaban. Empero, supo que una mala relación con los maestros puede hacer de éstos un taponamiento para la falta primera de nuestro ser, pues pasan de ser posibilidad para la elaboración creativa de los propios conflictos a ser refugio contra los mismos, por eso nunca los tomó como palabra sagrada; comprendía que aquello que impele al pensamiento —el no saber— muere en el dogma. Finalmente, Alberto Valencia en su texto «Guerra, Paz y Democracia en la obra de Estanislao Zuleta» resalta una enseñanza fundamental que éste nos dejó y que no deja de ser actual para Colombia: hacer de la democracia una forma de vida, que tenga como horizonte «la construcción de una dialéctica entre igualdad y diferencia que haga posible que las desigualdades no se conviertan en factores de dominación». Zuleta entendió que es necesario reconocer las desigualdades económicas y sociales presentes entre los seres humanos, que hacen expresión, por ejemplo, en el género y la clase y que coartan el ejercicio de las libertades y el goce efectivo de los derechos; un reconocimiento indispensable para enarbolar como bandera la supresión de esa desigualdad, pero no de las diferencias subjetivas y políticas que puedan manifestarse por un individuo o una colectividad, y que necesitan de la reciprocidad propia del diálogo y la razón para que puedan expresarse y tramitarse.

Pero si bien el valor de la obra de un pensador es un elemento necesario para que trascienda su propia muerte, es decir, para que sus postulados sean vigentes en el tiempo posterior a ella, no basta con esto para que ese valor siga vivo entre quienes le sobrevivieron y entre las generaciones que no le conocieron; para ello, por lo menos, se necesita de otras tres condiciones (transmitidas como imprescindibles por el profesor Carlos Mario González) y que pueden nombrarse de la siguiente manera: el soporte material de la obra, la identificación por parte de otros con la postura del pensador y una fuerza organizativa que haga suya la tarea política de estudiar, revisar, desarrollar, defender y divulgar dicha obra. Con la primera condición no queremos manifestar otra cosa que el agradecimiento a quienes se han puesto en la labor de transcribir y editar las conferencias que Estanislao Zuleta ofreció, pues para aquellos que no pudimos recibir su magisterio de forma presencial, su palabra editada e inédita nos resulta toda una oportunidad para beber de sus reflexiones. La segunda condición señala la necesidad de que la posición de Zuleta ante el conocimiento y la vida halle resonancia en otros; las ideas de un pensador por brillantes que sean pueden morir en los anaqueles de una biblioteca si éstas no encuentran lectores con la osadía de re-crear su existencia y su posición ante el mundo a partir de las interrogaciones que propicien aquéllas. Bien lo dice Eduardo Gómez en el texto que publica en este número: «El pensamiento por lúcido que sea, necesita proyectarse en una praxis que es la medida verdadera de hasta qué punto se ha comprendido». En el caso de Zuleta, a más de que su palabra invite a hacer del conocimiento una posibilidad de interrogación de «las relaciones de todo tipo: sexuales, políticas, económicas, clasistas», exhorta a reconocer que dicha interrogación para que sea radical o, por lo menos, tienda a ello, necesita de una relación compleja con el saber y de una implicación fundamental con éste a partir de problemáticas sociales y subjetivas que realmente nos duelan en el fondo de nuestro ser. A propósito de esto dice el mismo Estanislao: «… ningún saber es el resultado de la posición de un sujeto neutral, sino la sistematización progresiva de una lucha contra una fuerza específica de dominación: contra la explotación de clases y sus efectos en la conciencia; contra la represión; contra las ilusiones teológicas, teleológicas o subjetivistas sedimentadas en la gramática y en la consciencia ingenua del lenguaje. Nadie ha llegado a conocer el marxismo, si no lo ha leído en una lucha contra la explotación; ni el psicoanálisis si no lo ha leído y sufrido desde un debate con sus problemas inconscientes»1 . Esa relación compleja con el conocimiento busca generar las articulaciones necesarias entre diferentes saberes para pensar un problema común, sabiendo de la particularidad de sus objetos de análisis, pero reconociendo también de los aportes —sea para complementarse o rebatirse— que pueden hacerse entre ellos. Por ejemplo, Alberto Valencia muestra muy bien en su texto que la concepción que tiene Zuleta de la democracia parte de una lectura crítica de Marx, que lo lleva, por un lado, a validarlo, pues concuerda con éste que la democracia, en su versión liberal, se reduce a una lucha por las libertades democráticas mientras defiende la desigualdad, los privilegios y la dominación en las dimensiones social y económica, y, por otro, a distanciarse del pensador de Tréveris, pues Zuleta no considera a la democracia como un elemento transitorio de la historia, sino una conquista humana que, aunque frágil, cualificable y siempre difícil, se acerca más a una posibilidad real de que se respete la diferencia y se cualifique el constitutivo conflicto humano y el subsecuente conflicto social. Valencia muestra que esta distancia de Zuleta con Marx, al afirmar una concepción positiva de la democracia, se hace posible gracias a la concepción de la condición humana que aquél había construido con el aporte del psicoanálisis y la literatura. Es, pues, una mirada compleja del problema de la democracia la que lleva a Zuleta a reconocer que no hay un campo epistémico que lo agote, sino que cada saber funge como herramienta para penetrar mejor en el problema que se tenga entre manos. Finalmente, la tercera condición nos lleva a reconocer que no es suficiente con las dos anteriores si no se encuentran formas de transmisión, diseñadas y agenciadas por alguna institución, que mantengan viva la obra de un pensador. El legado de Freud y Lacan, por ejemplo, permanece vivo, no sólo gracias a la genialidad de éstos ni a la validez de sus formulaciones teóricas, tampoco al hecho de que hayan tenido discípulos identificados con su postura, sino por el papel desempeñado por instituciones no oficiales, que han defendido sus enseñanzas y, aún más, que han controvertido cuando se considera que otros —también institucionalizados— tergiversan sus postulados sobre el psiquismo humano. En nuestros días sigue siendo hegemónico que las instituciones educativas oficiales sean las encargadas de seleccionar y organizar las modalidades de transmisión de los pensadores y los saberes, y los objetivos que con ello se persigue. La institucionalización oficial de la relación con el conocimiento marca, en concordancia con un sistema capitalista que se sirve de ella, los sentidos existenciales, sociales y económicos que se le da a esa relación, sentidos que, en el caso de la universidad, fueron fuertemente criticados por Zuleta. Esta relación de la transmisión con la institución y de ésta con el poder, nos exige pensar formas de auto-institucionalización que se contrapongan a las oficiales y que luchen por defender a Zuleta de los detractores e intérpretes que pretenden esquilmarle lo que tiene de crítico y complejo. En este orden de ideas, es necesario que una institución no oficial se ponga en la labor de defender la posición intelectual de Estanislao Zuleta, sin que se vea amarrada por conflictos de intereses a la hora de sacar toda la potencia crítica que éste tiene contra una civilización que cada vez se torna más decadente; es menester que la institución que recepcione y transmita dicho legado intelectual se relacione complejamente con el saber y promueva tal relación; es fundamental que siga haciendo del marxismo, el psicoanálisis, la filosofía, la literatura, etc., herramientas para pensar la vida personal y colectiva, y que actúe en la sociedad en consecuencia.
El Centro de Estudios Estanislao Zuleta, que dedica este número al pensador que le nombra, circunscribe su acción, de manera modesta pero decidida, en esa forma de la auto-institucionalización, buscando desde allí, como ya se ha dicho, transmitir un legado intelectual que nos convoca a ser críticos radicales con el modo de producción capitalista y con los efectos que éste produce sobre la humanidad; a defender una concepción positiva de la democracia y del conflicto; a concebir los libros como objetos de trabajo y goce; a encontrar en el arte y la filosofía una herramienta esencial para la vida, que incite a hacer propia aquella consigna de Kant que reza: «Atrévete a pensar».

Estanislao Zuleta, Elogio de la dificultad y otros ensayos (Bogotá: Taller de Edición Rocca, 2017), 217-218.

Daniela Cardona y Santiago Piedrahita
Miembros del Centro de Estudios Estanislao Zuleta